Categoría: Cuentos de Carlos
26 Julio 2008
El placer de los etruscos (*)

1)
“Varios siglos antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban júbilo de vivir.
En el 66 bajamos a las tumbas etruscas y vimos las pinturas. Había amantes disfrutándose en todas las formas, gente comiendo y bebiendo, escenas de música y celebración.
Los que como yo habíamos sido católicamente preparados para el dolor, se quedaban bizcos ante este cementerio, que era un placer” (**)
2)
Comprar la vieja tapera que en la inmobiliaria de Punta del Este ofrecían tan barata, con tres hectáreas de terreno y junto a la chacra de un amigo de Carlitos, era para mí más que una operación, el inicio de una aventura lisa y llana. El vicio edificio, junto a un camino de tierra, rodeado de añosos árboles, había sido construido con piedra y ladrillo, dejándose un gran patio interior sobre el que tenían sus puertas la mayoría de las habitaciones. Se decía que allí había funcionado un almacén que luego se convirtió en un lugar de baile adonde concurrían muchos habitúes de los extramuros de la zona balnearia.
Lo lamentable era que yo, un viejo jubilado, con los hijos desperdigados por el mundo, iba a usar ese lugar para recordar el pasado, para renovar a mis padres enterrados en una historia también de campo, en donde el trabajo de sol a sol era la constante.
Por eso la decisión fue clara y terminante, sin los contrastes remolones de otras actitudes mías, en donde la costumbre o el miedo a lo desconocido me hacían ser mucho más lento en adoptar una posición.
Esa tarde corrí hacia la península, arreglé el pago con la inmobiliaria, firmamos el respectivo boleto y comencé a ser el propietario de la vieja tapera, en donde nunca imaginé que tendría compañía.
3)
“¿Cuántas veces hemos confundido la bravura con las ganas de morir? La histeria no es la historia. La muerte, que un par de veces me tomó y pie soltó, a menudo me llama todavía y yo la mando a la... (**)
4)
Entrar en la tapera fue toda una aventura en la que intervenía también el coraje. Empujé la puerta de la principal habitación y con la luz de una linterna batiré todos los rincones haciendo escapar a una serie de habitantes propios de las casas de campo largamente abandonadas. Sin embargo, algo raro observé en la puerta de enfrente, en un agujero que la misma tenía en su parte inferior, entre el listón de madera que la cruzaba y el piso. Era una forma difícil de definir, repugnante a primera instancia, pero lógica y adecuada.
El intruso era yo y aquella víbora, comía el sapo sin haberlo tragado todavía porque el pobre bicho era muy grande para la crucera, saliendo de la boca del ofidio, extrañamente hinchada, parte de su alimento, especialmente las patas, todavía se movían.
Mi primera impresión fue de repugnancia. La crucera no podía, por el sapo que tenía en su boca, escapar del cepo que le significaba el agujero de la puerta y pareció que sus ojos me miraban sin miedo, como comprendiendo que yo tenía mis derechos en el lugar y que el único camino que le quedaba era dejármelo libre.
Luego de una limpieza superficial que trate de hacer, barriendo las piezas y sacando las telas de araña, advertí que la víbora había desaparecido, por lo que, en un momento, pensé en las virtudes alimenticias del sapo.
Cansado, sudoroso, encendí un farol que había llevado conmigo para alumbrarme hasta lograr que conectaran la corriente eléctrica.
El círculo amarillento se extendió, bañando la habitación por los cuatro costados. Miré a mi alrededor y advertí que la crucera se había arrollado en un rincón, seguramente bien alimentada.
Era una compañía repugnante, tal vez, pero lo era al fin. Creo que Felipa, como la bauticé, también lo
entendió dándome la bienvenida a su reducto con esa quietud que me tranquilizó.
5)
Infinitamente, le di las gracias, sabiendo de verdad que no tenía con quién estar. Aquella noche, traté de rehacer el mundo, cada lugar que me habían dado, cada fábula. Dejé de recordar cuando hubo algo de luz en la ventana.
6)
Lentamente me desperecé, tenía una larga jornada: proyectar mi reducto en ese lugar de las sierras de Piriápolis. Lentamente salí del saco de dormir sin recordar a Felipa, la compañera nocturna, mi intrascendente compañera, que sin duda podía vivir en un mundo menos cruel que el de los humanos. Sin embargo, cuando di un paso, ella se hizo sentir con un leve crujido de su piel escamosa y un deslizarse lento.
Al agacharme y tratar de tornar una de las botas sentí la mordida en una mano.
Felipa me estaba haciendo lo que yo nunca pensaría hacerle: quería matarme, usando su terrible veneno, incrustando sus colmillos en mi carne.
Mi primera reacción fue lanzar lejos a la víbora, y luego, violento, con una pala que había traído para los trabajos, le corté la cabeza de un solo golpe.
7)
Caminando a los tropezones, encendí la lámpara del cuarto. En el reloj, eran las ocho y media de la noche. Abrí de par en par la puerta. La luna llena excitaba a los perros que ladraban a la distancia. No podía dormir, no por los ladridos, sino por esperar a la muerte.
Estar parado me mareaba. Me recosté sobre el saco de dormir, que parecía hervir. Soplaba una brisa caliente que dejaba caer a mis pies, hojas de los eucaliptos.
Aquel había sido un día importante para mí. En la vieja tapera estaba muriendo y nadie, absolutamente nadie, podría darme un certificado de resurrección.
Tal vez ahora viviría en otro mundo, tan pletórico de placeres, como el de los etruscos.
(*) Cuento de Carlos Santiago publicado en el libro “Contornos imprecisos y otros cuentos”, Libros del Astillero (1983)
(**) Textos de Eduardo Galeano
servido por Carlos
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26 Mayo 2007

Un cuento
Sonidos
leves y armonía
Por Carlos Santiago (*)
Esa noche debía resplandecer el amor. Luis miraba a Elena con ojos curiosos, sabiendo que la muchacha trataba de excitarlo con sus desplantes y sus risas en los semitonos de aquel rancho en Polonio, donde la desnudez de su malla la hacía más bella. Sus miradas se cruzaron otra vez y Luis lo supo. Ella también quería hacerlo.
La noche estaba estrellada y la luna - en ese marco de soledad y fuerza natural, pleno de los sonidos lejanos y cercanos de la lobería - provocaba una luminosidad blanca pero despareja. Estaba allí colgada como un foco enorme que solo hesitaba los sentidos. También se escuchaba, tenue, el sonido del viento que movía las hojas de los achaparrados arbustos del monte natural.
Luis había llegado esa mañana, luego del largo peregrinar por la playa, sin un objetivo cierto. Por ello, cuando apareció Elena, el esfuerzo sobre la arena de aquella playa inclinada llena de fetidez de animales muertos, tuvo un sentido.
Sus miradas se cruzaron una vez y otra en la pequeñez de aquel rancho, tan vetusto como deprimente. A Luis le asombraba la boca de aquella muchacha, esa alegría sensual que le surgía en cada movimiento, cuando se acercaba para llenar una y otra vez su vaso con vino.
-¿Tú eres Elena? - inquirió Luis, tratando de entablar un primer contacto con la hermosa muchacha.
-¿Y tú Luis?
-¡Tú eres la luna, la que está arriba no compite!
Ella se alejó con una sonrisa alegre que fluía también desde sus ojos cafés. El pensó en besar sus senos redondos, en extraerle de alrededor de su cuerpo aquella pequeña braga para sucumbir en su sexo.
2
No brillaba la luna. No más. El cielo parecía una cúpula oscura que se convertía en un gigantesco círculo. Allí bajo la pequeña lona estaba la desolación que viene después de la desesperanza. La quietud bajo la enormidad, en aquel lugar remoto. La soledad buscada, la paz ronroneante arrullada por el sonido de las monótonas olas de un mar en calma. El mundo estaba fuera, allí dentro la paz, una tranquilidad infinita que tiene al final un punto. Solo había que esperar el momento, envolviendo la mente en volutas extrañas para aplacar los sentidos, para que ningún hálito de vida quisiera resurgir haciendo reaparecer alguna necesidad vital. Lentamente ese todo llegaría, metiéndose definitivamente en esa cúpula oscura, infinita. ¡Para siempre!
3
El vino era mucho, pero no suficiente. Luis seguía deseando, cada vez más y más a Elena. El brillo de sus ojos cafés, la fuerza de su alegría; se imaginaba sobre ella, besándola hasta que el sueño todo lo aplacara, haciendo olvidar por un momento la pasión. Fantaseaba con los dos cuerpos envueltos en sudor y babas, ya sentía aquel olor a sexo, a felicidad inmoderada, reflejo de una pasión que llega, se mitiga en el sueño, pero nunca se va. Queda para siempre gravada en los recuerdos para resurgir, de golpe, en cualquier momento de una existencia quebrantada por la soledad.
La noche languidecía. La luna había girado de su pedestal tratando de encontrar otra vez su diario destino, ese círculo lejano pero firme en su contorno, en que todas las mañanas se zambulle. Elena se acercó lentamente con sus cafés cansados, pero resplandeciente. Todavía allí estaba la mujer con sus turgencias
maravillosas. Me miró, quiso hablar, dudó, y prefirió el silencio. Estiró su mano y tomó una mía. Quería que juntos saliéramos del rancho. Fuera se modificaron los olores. De la mugre ácida y los sudores al fuerte aroma a mar, al inconfundible de los lobos.
Elena en silencio se acurrucó bajo uno de mis brazos. Caminábamos sin rumbo, reconociendo nuestros cuerpos, haciendo escapar por cada uno de nuestros poros los fluidos del deseo.
4
Había que dar el paso sublime, olvidando a los demás. Tratar de que cada sentido se fuera aplacando dentro de una lenta y vetusta monotonía. Como deteniendo por partes un reloj que igualmente seguía latiendo pero cada vez más lentamente, hasta que
el fin se convirtiera en un todo y la paz en la gloria alcanzada. No había que confundirse, el dolor del cuerpo o los temores de la desdicha de los demás eran flaquezas a combatir. Como la luna había que hundirse en ese fin, para no reaparecer ni la mañana siguiente, ni la otra. Nunca más.
5
Los cuerpos estaban enredados y sudorosos. Elena, se mostraba espléndida, me había halagado, superando mis mejores ensueños. El aroma del amor surgía del entremezclado de los sexos, ella en el mío, con una pasión desbordada, yo en el de ella. La única testigo de todo aquello había sido la luna que ya se zambullía en su fase final, preanunciando la aparición de la luz y con ella la
vida.
6
Olvidar a los demás, aplacar todos los sentidos para sosegar lentamente el tic tac. En el momento final hacer un esfuerzo supremo para acallar todo, buscando en ese punto el destino definitivo. ¿Para qué esta existencia? La paz definitiva deja
cerradas todas las posibilidades del sufrimiento, de la traición, del dolor por |os demás. El hombre debe desaparecer solo, igual que cuando nace, abriéndose camino desde el útero materno. ¿Para que continuar esa lucha desigual, esa loca carrera hacia la misma nada, si el final siempre es el mismo? Mimetizarse en la gran y nocturna campana que solo es surcada todas las noches por la luna. Acallar de una vez por todas el tic tac.
7
El sol estaba reapareciendo por el este, lanzando un cúmulo de iniciales rayos verdes. La luna había cumplido nuevamente su ciclo y ganaba tiempo para resurgir junto con la noche próxima. Luis y Elena sobre la húmeda arena de la playa, tomados de la mano, repasaban un intercambio lleno de sensaciones, una relación vital
plena, exclusiva de la noche donde la apariencia de soledad acerca más a los humanos. Llegaba el día y con él las vicisitudes de la vida. Obligaciones viejas y nuevas,0olores aplacados por una sociedad que uniformiza hasta los fluidos humanos. Convenciones y conveniencias, dramas y monedas, colores y brillos. Luis y Elena comenzaron recién a verse. Los cafés de ella eran algo más oscuros. Sus labios, que había besado infinitas veces, más gruesos. Era bella, grandiosamente bella, pero la luz comenzó a envolverlo todo.
-Me tengo que ir...es otro día...
-Claro - dijo Luis.
Aquí La vida continuaba.
8
Más allá en una carpa metida entre dos achaparrados arbustos Sebastián había logrado acallar para siempre su tic tac.
(*) Este cuento integra un libro de próxima aparición "Claros y Azules"; ("Azules" por el ámbito que recorro en ellos, el ambiente pegajoso que describo y "claros" por ir directamente al centro de historias, algo sensuales pero siempre dramáticas) El autor es un escritor uruguayo con varios libros de ficción públicados.
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20 Mayo 2007

Miguel y María
A Miguel se le ocurrió mirar nuevamente a María, abandonando por un momento el rectángulo multicolor que ofrecía sus cuotas de destellos para la alienación. “Qué vieja está. Han pasado tantos años y todo sigue igual. Solo más arrugada y más cerca de la muerte”, pensó encogiéndosele el corazón. Le pasó por la cabeza también el tema de la vida y de la muerte, que hasta el momento lograron gambetear pese a que en los últimos meses debieron dejar de pagar a la mutualista. “No importa”, había dicho María: “Si nos pasa algo nos vamos al hospital. Y si nos morimos, en cualquier lado será igual”.
Los ojos de Miguel retornaron al brillo del rectángulo sumergiéndose nuevamente en la vida de otros, siempre frente a dos constantes: la violencia inaudita o la felicidad extrema, esa que solo puede ser imaginada por algún libretista bien pago, para qué el público de la hora pico, puntualmente se coloque frente al mostrador”. ¿Por qué siempre tendrán tantos problemas del “corazón” los personajes de TV y nunca con el salario o la jubilación?
En la tanda de las 20, María pareció desperezarse, estirándose en la silla, se restregó los ojos y sin mirar a Miguel, dijo:
-¿Quieres un poco de vino fresco antes de cenar? Hace mucho calor, ¿verdad?
-Bueno, ya vienen las noticias. ¿Tienes pronta la cena?
-Sí, aproveché el mediodía.
Miguel puso otra silla enfrente de él y colocó las piernas sobre ella. Luego comenzó a desprenderse la camisa.
-Siempre lo mismo – dijo María – Nunca aprenderás que no me gusta verte sin camisa cuando comemos.
-Está bien mujer, no te enojes.
La actividad de María era apenas evidente en la cocina. Transitaba sin ruido, colocando al momento sobre la mesa un hule coloreado, vasos, una botella. Luego trajo los platos y una fuente con comida.
Miguel tomó un trozo de pan, lo abrió y dentro colocó un trozo de carne.
-¿No te podes sentar a la mesa? ¡Siempre lo mismo!
-Comienza el noticiero y espero que te calles. No me jodas cuando quiero escuchar.
El último jingle de publicidad preanunció que comenzaba el noticiero. Primero las noticias oficiales, luego algunos reportajes a economistas que repetían las mismas cosas de otros economistas que habían sido reporteados ayer, o antes de ayer o hacía un mes. Miguel se sirvió otro vaso de vino.
-Seguí, más y más vino. ¡Sos un borracho!
-No jodas María, que vienen las noticias policiales. ¡Cállate!
“En la intersección de General Flores y Domingo Aramburú – dijo un atildado locutor de vos ronca - un ómnibus del recorrido urbano, luego de realizar una brusca maniobra, se fue sobre la vereda atropellando al matrimonio de Miguel González y María Martínez de González. La señora falleció en el acto y el señor González, cuando era trasladado a un nosocomio. El conductor del rodado se encuentra detenido”
Se hizo un largo silencio. Ya no importaba lo que seguía contando el locutor. Miguel y María parecían congelados frente al aparato. La mujer atinó a decir:
-¿Oíste bien, somos nosotros los muertos?
-Es una equivocación. Se llaman igual. González y Martínez son muchos los que hay – dijo Miguel sin cambiar de posición, agregando- Ni parientes son.
Luego Miguel pensó en la tontería que había dicho, afirmando que era una equivocación, como si esa palabra tuviera valor para una cosa así. Era más bien un disparate, algo para la risa. Un chiste macabro.
María pareció tranquilizarse. Sin embargo su actitud no fue la misma. En sus oídos seguían resonando las palabras del locutor que había marcado el destino final de dos personas: Miguel y María.
-Pero Miguel, si pasamos por esa misma esquina.
-Fue ayer, cuando fuimos a cobrar a la Caja- ¿Tenés algún hueso roto, te duele algo, te reventó un ómnibus contra una pared, estás metida en un ataúd? Me parece que no ¿verdad? Estamos comiendo y viendo televisión, no muertos. Así que quédate tranquila. Parece increíble que te preocupe algo así, que otro González y otra Martínez, de los miles que hay, mueran atropellados.
Miguel hablaba como molesto por la preocupación de su mujer. Mientras la miraba con dureza, se sirvió algo más de vino y dijo:
-¿Querés que llame a la funeraria, así nos entierran mañana? Podremos elegir el ataúd, el cementerio y hasta la empresa que nos haga el servicio. Si estamos muertos, ¿no sería lo mejor?
-¡Pero Miguel!, hablaron de que estábamos muertos. Lo dijeron por televisión y ahí no se equivocan. Habrán tomado los datos de la Policía y ellos tampoco se equivocan. Algo está pasando. Le voy a rezar a la virgen para que me ayude. Tengo mucho miedo, quiero saber lo que pasó.
Lánguidamente, habían transpuesto la medianoche mientras seguía brillando frente a ellos el rectángulo alienante. Se aplacaban fuera todos los demás sonidos. Solo se destacaba algún desafinado bocinazo que parecía multiplicarse a la distancia o algún escape ruidoso de automóvil. Comenzaba a llover y todo parecía estar cambiando esa noche, la noche en que se había anunciado la muerte de Miguel y María.
-Miguel, no quiero que estés muerto. Te quiero tanto.
-Yo también, mi querida…
Desde afuera se oía como en sordina el ruido del agua que caía, canalizada desde el techo por un grueso caño que dejaba estallar un chorro en las baldosas del patio. Los ruidos del ámbito se apagaban y se multiplicaba la soledad del silencio. El televisor había dejado de trasmitir y la estática producía ruidos que parecían boces roncas. El tic tac del reloj amplificaba su sonido, mientras a la distancia gimoteaba un niño.
Miguel y María se habían quedado absortos frente a un destino que los incluía en un descenlance, pero que a la vez los excluía sin una explicación válida. Miguel recordó que en ocasiones se daba por muerto a alguien que estaba vivito y coleando. Incluso sabía de las flores mandadas a tipos cuyos nombres coincidían con el de algún finado. Pero en este caso, sin duda – como en sacar la lotería – ocurrían hechos fortuitos. Y por ello era lógico que María estuviera impresionada.
Ahora, el aullido del viento hacía golpear en los vidrios de la ventana los goterones de la lluvia que se ponía más y más intensa. La noche los tragaba y con ella aparecía y desaparecía un mágico ámbito, lleno de fantasmas, extraños sonidos, formas que cambiaban y se diluían. Todo en medio de esa aplastante desdicha que produce la aproximación a la insondabilidad de la vida y de la muerte.
-¿Esto será la muerte? – dijo María con voz sorda.
-Basta de tonterías. ¡Basta de tonterías!, mujer…
-¿Cómo sabes que esto no es la muerte? Todo se está acabando, solo se escucha el ruido de la lluvia y al viento. ¿Percibís algo humano? Tengo miedo, Miguel, de estar muerta, de no saberlo. ¡La muerte puede ser así!
Miguel en esa oportunidad no contestó también impresionado por la oscuridad de la noche y de la vida. No había en la enorme ciudad nadie que se ocupara de ellos, a quién le importara su destino, su muerte. Nadie había golpeado a la puerta luego que se diera la noticia. Nada había en la inmediatez del destino, en esa mediocridad que se multiplicara enormemente luego de la jubilación. Pero él siempre había tenido fe en la vida, la que era una fiesta. Esas pequeñas cosas que podía concretar. Por ejemplo arreglar las plantas del jardín o mirar envejecer a María.
El tema de la muerte se lo había planteado algunas veces, especialmente después de su segundo infarto. Nadie daba una moneda porque superara el trance. Sin embargo, luego de la terapia intensiva, todo siguió adelante.
María era una espléndida mujer, pero tenía esas cosas raras cosas… ¿Ingenuidad?, seguramente que sí.
Miguel tomó su último cigarrillo, hizo una bola con la cajilla. Las cenizas se diluían antes de caer sobre el enorme cenicero de cristal que María había comprado alguna vez. Todo estaba como detenido, congelado en un punto de la noche. El mundo ya no giraba, el viento no aullaba, la lluvia había dejado de mojar y los otros hombres y las otras mujeres no existían, desaparecidos junto con todos los sonidos. El hombre se miró la mano, desdibujada en la semioscuridad y vio que la mujer estaba como envuelta en un halo mágico, con un humo mágico que aclaraba su contorno.
Se levantó lentamente, apagó el televisor que sólo trasmitía las rayas horizontales de la estática y lentamente se acercó a María, ayudándola a ponerse de pie.
-No te preocupes más mujer, mañana en el noticiero, seguramente dirán si estamos muertos o no.
Carlos Santiago (1984)
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4 Febrero 2007
Miguel y María
A Miguel se le ocurrió mirar nuevamente a María, abandonando por un momento el rectángulo multicolor que ofrecía sus cuotas de destellos para la alienación. “Qué vieja está. Han pasado tantos años y todo sigue igual. Solo más arrugada y más cerca de la muerte”, pensó encogiéndosele el corazón. Le pasó por la cabeza también el tema de la vida y de la muerte, que hasta el momento lograron gambetear pese a que en los últimos meses debieron dejar de pagar a la mutualista. “No importa”, había dicho María: “Si nos pasa algo nos vamos al hospital. Y si nos morimos, en cualquier lado será igual”.
Los ojos de Miguel retornaron al brillo del rectángulo sumergiéndose nuevamente en la vida de otros, siempre frente a dos constantes: la violencia inaudita o la felicidad extrema, esa que solo puede ser imaginada por algún libretista bien pago, para qué el público de la hora pico, puntualmente se coloque frente al mostrador”. ¿Por qué siempre tendrán tantos problemas del “corazón” los personajes de TV y nunca con el salario o la jubilación?
En la tanda de las 20, María pareció desperezarse, estirándose en la silla, se restregó los ojos y sin mirar a Miguel, dijo:
-¿Quieres un poco de vino fresco antes de cenar? Hace mucho calor, ¿verdad?
-Bueno, ya vienen las noticias. ¿Tienes pronta la cena?
-Sí, aproveché el mediodía.
Miguel puso otra silla enfrente de él y colocó las piernas sobre ella. Luego comenzó a desprenderse la camisa.
-Siempre lo mismo – dijo María – Nunca aprenderás que no me gusta verte sin camisa cuando comemos.
-Está bien mujer, no te enojes.
La actividad de María era apenas evidente en la cocina. Transitaba sin ruido, colocando al momento sobre la mesa un hule coloreado, vasos, una botella. Luego trajo los platos y una fuente con comida.
Miguel tomó un trozo de pan, lo abrió y dentro colocó un trozo de carne.
-¿No te podes sentar a la mesa? ¡Siempre lo mismo!
-Comienza el noticiero y espero que te calles. No me jodas cuando quiero escuchar.
El último jingle de publicidad preanunció que comenzaba el noticiero. Primero las noticias oficiales, luego algunos reportajes a economistas que repetían las mismas cosas de otros economistas que habían sido reporteados ayer, o antes de ayer o hacía un mes. Miguel se sirvió otro vaso de vino.
-Seguí, más y más vino. ¡Sos un borracho!
-No jodas María, que vienen las noticias policiales. ¡Cállate!
“En la intersección de General Flores y Domingo Aramburú – dijo un atildado locutor de vos ronca - un ómnibus del recorrido urbano, luego de realizar una brusca maniobra, se fue sobre la vereda atropellando al matrimonio de Miguel González y María Martínez de González. La señora falleció en el acto y el señor González, cuando era trasladado a un nosocomio. El conductor del rodado se encuentra detenido”
Se hizo un largo silencio. Ya no importaba lo que seguía contando el locutor. Miguel y María parecían congelados frente al aparato. La mujer atinó a decir:
-¿Oíste bien, somos nosotros los muertos?
-Es una equivocación. Se llaman igual. González y Martínez son muchos los que hay – dijo Miguel sin cambiar de posición, agregando- Ni parientes son.
Luego Miguel pensó en la tontería que había dicho, afirmando que era una equivocación, como si esa palabra tuviera valor para una cosa así. Era más bien un disparate, algo para la risa. Un chiste macabro.
María pareció tranquilizarse. Sin embargo su actitud no fue la misma. En sus oídos seguían resonando las palabras del locutor que había marcado el destino final de dos personas: Miguel y María.
-Pero Miguel, si pasamos por esa misma esquina.
-Fue ayer, cuando fuimos a cobrar a la Caja- ¿Tenés algún hueso roto, te duele algo, te reventó un ómnibus contra una pared, estás metida en un ataúd? Me parece que no ¿verdad? Estamos comiendo y viendo televisión, no muertos. Así que quédate tranquila. Parece increíble que te preocupe algo así, que otro González y otra Martínez, de los miles que hay, mueran atropellados.
Miguel hablaba como molesto por la preocupación de su mujer. Mientras la miraba con dureza, se sirvió algo más de vino y dijo:
-¿Querés que llame a la funeraria, así nos entierran mañana? Podremos elegir el ataúd, el cementerio y hasta la empresa que nos haga el servicio. Si estamos muertos, ¿no sería lo mejor?
-¡Pero Miguel!, hablaron de que estábamos muertos. Lo dijeron por televisión y ahí no se equivocan. Habrán tomado los datos de la Policía y ellos tampoco se equivocan. Algo está pasando. Le voy a rezar a la virgen para que me ayude. Tengo mucho miedo, quiero saber lo que pasó.
Lánguidamente, habían transpuesto la medianoche mientras seguía brillando frente a ellos el rectángulo alienante. Se aplacaban fuera todos los demás sonidos. Solo se destacaba algún desafinado bocinazo que parecía multiplicarse a la distancia o algún escape ruidoso de automóvil. Comenzaba a llover y todo parecía estar cambiando esa noche, la noche en que se había anunciado la muerte de Miguel y María.
-Miguel, no quiero que estés muerto. Te quiero tanto.
-Yo también, mi querida…
Desde afuera se oía como en sordina el ruido del agua que caía, canalizada desde el techo por un grueso caño que dejaba estallar un chorro en las baldosas del patio. Los ruidos del ámbito se apagaban y se multiplicaba la soledad del silencio. El televisor había dejado de trasmitir y la estática producía ruidos que parecían voces roncas. El tic tac del reloj amplificaba su sonido, mientras a la distancia gimoteaba un niño.
Miguel y María se habían quedado absortos frente a un destino que los incluía en un descenlance, pero que a la vez los excluía sin una explicación válida. Miguel recordó que en ocasiones se daba por muerto a alguien que estaba vivito y coleando. Incluso sabía de las flores mandadas a tipos cuyos nombres coincidían con el de algún finado. Pero en este caso, sin duda – como en sacar la lotería – ocurrían hechos fortuitos. Y por ello era lógico que María estuviera impresionada.
Ahora, el aullido del viento hacía golpear en los vidrios de la ventana los goterones de la lluvia que se ponía más y más intensa. La noche los tragaba y con ella aparecía y desaparecía un mágico ámbito, lleno de fantasmas, extraños sonidos, formas que cambiaban y se diluían. Todo en medio de esa aplastante desdicha que produce la aproximación a la insondabilidad de la vida y de la muerte.
-¿Esto será la muerte? – dijo María con voz sorda.
-Basta de tonterías. ¡Basta de tonterías!, mujer…
-¿Cómo sabes que esto no es la muerte? Todo se está acabando, solo se escucha el ruido de la lluvia y al viento. ¿Percibís algo humano? Tengo miedo, Miguel, de estar muerta, de no saberlo. ¡La muerte puede ser así!
Miguel en esa oportunidad no contestó también impresionado por la oscuridad de la noche y de la vida. No había en la enorme ciudad nadie que se ocupara de ellos, a quién le importara su destino, su muerte. Nadie había golpeado a la puerta luego que se diera la noticia. Nada había en la inmediatez del destino, en esa mediocridad que se multiplicara enormemente luego de la jubilación. Pero él siempre había tenido fe en la vida, la que era una fiesta. Esas pequeñas cosas que podía concretar. Por ejemplo arreglar las plantas del jardín o mirar envejecer a María.
El tema de la muerte se lo había planteado algunas veces, especialmente después de su segundo infarto. Nadie daba una moneda porque superara el trance. Sin embargo, luego de la terapia intensiva, todo siguió adelante.
María era una espléndida mujer, pero tenía esas cosas raras cosas… ¿Ingenuidad?, seguramente que sí.
Miguel tomó su último cigarrillo, hizo una bola con la cajilla. Las cenizas se diluían antes de caer sobre el enorme cenicero de cristal que María había comprado alguna vez. Todo estaba como detenido, congelado en un punto de la noche. El mundo ya no giraba, el viento no aullaba, la lluvia había dejado de mojar y los otros hombres y las otras mujeres no existían, desaparecidos junto con todos los sonidos. El hombre se miró la mano, desdibujada en la semi oscuridad y vio que la mujer estaba como envuelta en un halo, con un humo mágico que aclaraba su contorno.
Se levantó lentamente, apagó el televisor que sólo trasmitía las rayas horizontales de la estática y lentamente se acercó a María, ayudándola a ponerse de pie.
-No te preocupes más mujer, mañana en el noticiero, seguramente dirán si estamos muertos o no.
(Carlos Santiago, 1984)
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25 Agosto 2006
Miguel y María
A Miguel se le ocurrió mirar nuevamente a María, abandonando por un momento el rectángulo multicolor que ofrecía sus cuotas de destellos para la alienación. “Qué vieja está. Han pasado tantos años y todo sigue igual. Solo más arrugada y más cerca de la muerte”, pensó encogiéndosele el corazón. Le pasó por la cabeza también el tema de la vida y de la muerte, que hasta el momento lograron gambetear pese a que en los últimos meses debieron dejar de pagar a la mutualista. “No importa”, había dicho María: “Si nos pasa algo nos vamos al hospital. Y si nos morimos, en cualquier lado será igual”.

Los ojos de Miguel retornaron al brillo del rectángulo sumergiéndose nuevamente en la vida de otros, siempre frente a dos constantes: la violencia inaudita o la felicidad extrema, esa que solo puede ser imaginada por algún libretista bien pago, para qué el público de la hora pico, puntualmente se coloque frente al mostrador”. ¿Por qué siempre tendrán tantos problemas del “corazón” los personajes de TV y nunca con el salario o la jubilación?
En la tanda de las 20, María pareció desperezarse, estirándose en la silla, se restregó los ojos y sin mirar a Miguel, dijo:
-¿Quieres un poco de vino fresco antes de cenar? Hace mucho calor, ¿verdad?
-Bueno, ya vienen las noticias. ¿Tienes pronta la cena?
-Sí, aproveché el mediodía.
Miguel puso otra silla enfrente de él y colocó las piernas sobre ella. Luego comenzó a desprenderse la camisa.
-Siempre lo mismo – dijo María – Nunca aprenderás que no me gusta verte sin camisa cuando comemos.
-Está bien mujer, no te enojes.
La actividad de María era apenas evidente en la cocina. Transitaba sin ruido, colocando al momento sobre la mesa un hule coloreado, vasos, una botella. Luego trajo los platos y una fuente con comida.
Miguel tomó un trozo de pan, lo abrió y dentro colocó un trozo de carne.
-¿No te podes sentar a la mesa? ¡Siempre lo mismo!
-Comienza el noticiero y espero que te calles. No me jodas cuando quiero escuchar.
El último jingle de publicidad preanunció que comenzaba el noticiero. Primero las noticias oficiales, luego algunos reportajes a economistas que repetían las mismas cosas de otros economistas que habían sido reporteados ayer, o antes de ayer o hacía un mes. Miguel se sirvió otro vaso de vino.
-Seguí, más y más vino. ¡Sos un borracho!
-No jodas María, que vienen las noticias policiales. ¡Cállate!
“En la intersección de General Flores y Domingo Aramburú – dijo un atildado locutor de vos ronca - un ómnibus del recorrido urbano, luego de realizar una brusca maniobra, se fue sobre la vereda atropellando al matrimonio de Miguel González y María Martínez de González. La señora falleció en el acto y el señor González, cuando era trasladado a un nosocomio. El conductor del rodado se encuentra detenido”
Se hizo un largo silencio. Ya no importaba lo que seguía contando el locutor. Miguel y María parecían congelados frente al aparato. La mujer atinó a decir:
-¿Oíste bien, somos nosotros los muertos?
-Es una equivocación. Se llaman igual. González y Martínez son muchos los que hay – dijo Miguel sin cambiar de posición, agregando- Ni parientes son.
Luego Miguel pensó en la tontería que había dicho, afirmando que era una equivocación, como si esa palabra tuviera valor para una cosa así. Era más bien un disparate, algo para la risa. Un chiste macabro.
María pareció tranquilizarse. Sin embargo su actitud no fue la misma. En sus oídos seguían resonando las palabras del locutor que había marcado el destino final de dos personas: Miguel y María.
-Pero Miguel, si pasamos por esa misma esquina.
-Fue ayer, cuando fuimos a cobrar a la Caja- ¿Tenés algún hueso roto, te duele algo, te reventó un ómnibus contra una pared, estás metida en un ataúd? Me parece que no ¿verdad? Estamos comiendo y viendo televisión, no muertos. Así que quédate tranquila. Parece increíble que te preocupe algo así, que otro González y otra Martínez, de los miles que hay, mueran atropellados.
Miguel hablaba como molesto por la preocupación de su mujer. Mientras la miraba con dureza, se sirvió algo más de vino y dijo:
-¿Querés que llame a la funeraria, así nos entierran mañana? Podremos elegir el ataúd, el cementerio y hasta la empresa que nos haga el servicio. Si estamos muertos, ¿no sería lo mejor?
-¡Pero Miguel!, hablaron de que estábamos muertos. Lo dijeron por televisión y ahí no se equivocan. Habrán tomado los datos de la Policía y ellos tampoco se equivocan. Algo está pasando. Le voy a rezar a la virgen para que me ayude. Tengo mucho miedo, quiero saber lo que pasó.
Lánguidamente, habían transpuesto la medianoche mientras seguía brillando frente a ellos el rectángulo alienante. Se aplacaban fuera todos los demás sonidos. Solo se destacaba algún desafinado bocinazo que parecía multiplicarse a la distancia o algún escape ruidoso de automóvil. Comenzaba a llover y todo parecía estar cambiando esa noche, la noche en que se había anunciado la muerte de Miguel y María.
-Miguel, no quiero que estés muerto. Te quiero tanto.
-Yo también, mi querida…
Desde afuera se oía como en sordina el ruido del agua que caía, canalizada desde el techo por un grueso caño que dejaba estallar un chorro en las baldosas del patio. Los ruidos del ámbito se apagaban y se multiplicaba la soledad del silencio. El televisor había dejado de trasmitir y la estática producía ruidos que parecían voces roncas. El tic tac del reloj amplificaba su sonido, mientras a la distancia gimoteaba un niño.
Miguel y María se habían quedado absortos frente a un destino que los incluía en un descenlance, pero que a la vez los excluía sin una explicación válida. Miguel recordó que en ocasiones se daba por muerto a alguien que estaba vivito y coleando. Incluso sabía de las flores mandadas a tipos cuyos nombres coincidían con el de algún finado. Pero en este caso, sin duda – como en sacar la lotería – ocurrían hechos fortuitos. Y por ello era lógico que María estuviera impresionada.
Ahora, el aullido del viento hacía golpear en los vidrios de la ventana los goterones de la lluvia que se ponía más y más intensa. La noche los tragaba y con ella aparecía y desaparecía un mágico ámbito, lleno de fantasmas, extraños sonidos, formas que cambiaban y se diluían. Todo en medio de esa aplastante desdicha que produce la aproximación a la insondabilidad de la vida y de la muerte.
-¿Esto será la muerte? – dijo María con voz sorda.
-Basta de tonterías. ¡Basta de tonterías!, mujer…
-¿Cómo sabes que esto no es la muerte? Todo se está acabando, solo se escucha el ruido de la lluvia y al viento. ¿Percibís algo humano? Tengo miedo, Miguel, de estar muerta, de no saberlo. ¡La muerte puede ser así!
Miguel en esa oportunidad no contestó también impresionado por la oscuridad de la noche y de la vida. No había en la enorme ciudad nadie que se ocupara de ellos, a quién le importara su destino, su muerte. Nadie había golpeado a la puerta luego que se diera la noticia. Nada había en la inmediatez del destino, en esa mediocridad que se multiplicara enormemente luego de la jubilación. Pero él siempre había tenido fe en la vida, la que era una fiesta. Esas pequeñas cosas que podía concretar. Por ejemplo arreglar las plantas del jardín o mirar envejecer a María.
El tema de la muerte se lo había planteado algunas veces, especialmente después de su segundo infarto. Nadie daba una moneda porque superara el trance. Sin embargo, luego de la terapia intensiva, todo siguió adelante.
María era una espléndida mujer, pero tenía esas cosas raras cosas… ¿Ingenuidad?, seguramente que sí.
Miguel tomó su último cigarrillo, hizo una bola con la cajilla. Las cenizas se diluían antes de caer sobre el enorme cenicero de cristal que María había comprado alguna vez. Todo estaba como detenido, congelado en un punto de la noche. El mundo ya no giraba, el viento no aullaba, la lluvia había dejado de mojar y los otros hombres y las otras mujeres no existían, desaparecidos junto con todos los sonidos. El hombre se miró la mano, desdibujada en la semioscuridad y vio que la mujer estaba como envuelta en un halo mágico, con un humo mágico que aclaraba su contorno.
Se levantó lentamente, apagó el televisor que sólo trasmitía las rayas horizontales de la estática y lentamente se acercó a María, ayudándola a ponerse de pie.
-No te preocupes más mujer, mañana en el noticiero, seguramente dirán si estamos muertos o no.
Carlos Santiago (1984)
servido por Carlos
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27 Julio 2006
Al cierre
Las voces, desagradables, agudas
y clamorosas, crecían confusas e inarticuladas,
Las frases desagradables eran
completadas por peores gestos.
Audrey V. Beardsley
Ramírez, luego de enviar la página de cierre, solía disfrutar esos pequeños placeres que se viven en las redacciones, donde el mundo pasa rápidamente escrito sobre mil carillas de papel. Lentamente saboreaba un café, intercambiando con Cardozo y Vignolo opiniones sobre la nerviosa jornada de trabajo vivida.
Fue esa madrugada cuando la vio por primera vez, entrando del brazo de Quiroga que, con una sonrisa nerviosa, la presentó:
– Es Isabel y trabajará desde mañana en "sociales” – dijo.
La muchacha, a esa hora de la madrugada, con un vestido realmente llamativo, miraba todo con ojos entre asustados casi pícaros, y luego, turbada dio rápidamente la mano a los presentes.
Ramírez, el viejo y gastado secretario de redacción, con casi cuarenta años de oficio, habitué de las redacciones y de la noche, historiador del mundo de la prensa, sintió esa madrugada que aquella muchacha sería su última carta, la definitiva, y que tenía que hacer todo lo posible para lograrla.
En ese momento, los mil pensamientos apresurados y aquella rara sensación lo llevaron a adoptar una actitud totalmente prescindente.
Miraba a Isabel, advirtiendo una obvia relación con Quiroga, desentrañando algunos elementos que lo llevaron a sensibilizarse a flor de piel. Era evidente que la muchacha podía ser su hija, pero que sin duda era mucho más infeliz de lo que ella hubiera sido.
Al otro día, en un alto del ajetreo de los materiales, títulos, exigencias del taller; humores de cronistas, regentes y tipógrafos, Ramírez la vio entrar, subiendo la escalera que daba frente a la mesa de secretaría. Llevaba el mismo vestido de la noche, pero sobre los hombros un saco de lana.
Saludó casi sin voz.
Ramírez le pidió a un compañero que le presentara a la señora Alonso, que además de pergeñar sociales, realizaba el horóscopo diario, tarea que parecía agotarla.
Así Isabel comenzó a trabajar.
En los primeros tiempos la relación de Isabel con Ramírez estuvo únicamente vinculada al trabajo. Sin embargo el viejo secretario de redacción solía mirarla fijamente en especial, cuando ella salía con Quiroga, casi metódicamente, como un rito que se repetía todos los lunes y los jueves.
Aquella noche, el ajetreo de la redacción se había multiplicado. Un serio hecho político policial había conmovido a la ciudad y movilizado a todos en la redacción, habiendo decidido Ramírez volcar buena parte del diario para cubrir esa información, sin duda, espectacular.
– ¡Sí, Vignolo! vamos a darle las primeras ocho páginas al asunto y la última con el reportaje al ministro. Hay que levantar sociales, espectáculos, los comentarios de turf y reducir al mínimo deportes.
Pasada la medianoche, cuando se diagramaban los últimos elementos de la primera, disponiéndose las páginas para un posible "alcance" luego del primer cierre, Ramírez se enfrentó a la muchacha.
– Señor Ramírez. ¿Puedo hablarle un momento?
-¡Cómo no! Pero tendrá que esperar un rato, hasta que termine…
La muchacha, como disgustada, quería decirle que ese día había realizado su primera nota que estimaba importante y que, con los cambios dispuestos, había quedado fuera, perdiendo además, su vigencia.
Cuando Ramírez mandó su último material al taller, se lo dijo.
– ¡Tenemos que hablar bastante! Si usted quiere aprender este oficio debe saber que en un diario nunca se debe tratar de imponer una nota, un material. Nos debemos a los hechos, y éstos son los que determinan el armado. Hoy, mucho trabajo, el de muchos cronistas, ha quedado fuera.
Ramírez hablaba y hablaba, como desahogándose de algo. Se habían trasladado a una confitería, que a esa hora de la madrugada estaba prácticamente desierta.
La muchacha escuchaba, mirándolo con su
ojos grandes, de un color indefinido, que Ramírez, en una ocasión, había calificado como "agua sucia". Los temas del diario se agotaron
y comenzaron a aparecer las vidas, especialmente la de Ramírez, su viudez, sus frustraciones, su mundo atormentado, las redacciones con
sus tensiones diarias. Allí estaba ella, revolviendo su café lentamente, como abstraída, pero a la vez, sin advertirlo, ingresando en una vida, como carcomiéndole un pedazo.
– Isabel: ¿Sabes lo que no me gusta de vos?
Le dijo, como masticando las palabras, sabiendo que en la respuesta de la muchacha podría estar el fin de esa relación, o meterse él también, un poco, en una vida que desconocía.
– ¿No sé? ¡Dígamelo!
– Lo que no me gusta de vos es esa relación con Quiroga. ¡No entiendo qué ganas con eso! Es algo que para una muchacha joven como vos, no “pega”, parece mentira.
Isabel, molesta, pareció que reaccionaría, por el gesto brusco que hizo ante las palabras. Pero supo contenerse. Luego, sus ojos agua sucia se posaron sobre Ramírez, como implorando un perdón ante algo escondido, como una falta, ahora descubierta.
- Es que el señor Quiroga ha sido muy bueno conmigo. ¡Yo lo quiero mucho! Ayudó a mi familia y luego nuestras relaciones se hicieron como usted sabe… Son cosas que pasan, que nos pasan a todos. ¡Seguro, si usted revisa su vida, la encontrará llena de asuntos como éste que me une a Quiroga! ¿Verdad?
– Si, claro. Pero nada de lo que decís de Quiroga es verdad. Yo lo conozco hace muchos años y se que es una basura, incapaz de ayudar
a nadie. Estoy seguro que, simplemente, con vos se trata de refrescar, ya que para él los años no han pasado en vano,
Ramírez seguía hablando y la muchacha, como encerrada en una dura caparazón, trataba de defenderse, de defender esa relación, que
fue lo primero que resaltó en el diario.
Respondía que Quiroga siempre había sido bueno con ella, como nadie, que lo quería, pues la ayudaba y también la quería.
-¿Puedes pensar eso en serio? ¡Ese viejo no quiere a nadie! Solo a si mismo. ¿O no te das cuenta?
Ya habían dejado la confitería para, luego de llegar a la esquina, comenzar a cruzar diagonalmente la plaza en dirección al hote1 en
donde Ramírez, desde que se le había muerto Nora, se había ido a vivir.
El silencio, en la melancolía de otra madrugada, los mantenía callados. Se había creado como una dificultad de comunicación entre los dos.
Ella se acurrucaba dentro de su saco rojo de lana, estirando los bolsillos con las manos y Ramírez, fumando, parecía observar con detenimiento cada lugar que pisaba.
No sabía como proponerle a la muchacha que lo acompañara a su habitación, lo que deseaba ardientemente. Cuando estuvieron en la puerta
del hotel, él la miró largamente mientras ella estiraba su mano para saludarlo, la que Ramírez retuvo entre las suyas.
-- 1sabel, no sé lo que me pasa. ¿Será que la vejez trae la locura? Quiero proponerte que subas a mi habitación y no sé cómo hacerlo. Me siento muy solo, sabes, y hoy necesito tu compañía.
La muchacha, denotando también su cansancio, mirándolo a los ojos un instante comenzó a caminar por el pasillo hacia el ascensor.
Había aceptado lo que Ramírez muchas veces soñara en la soledad de su habitación. Eso estaba pasando. Isabel caminaba junto a él, hacia
una felicidad que a Ramírez le parecía infinita.
En la habitación, Ramírez, nervioso, se puso a buscar en una alacena vasos para servir whisky, mientras la muchacha había dejado el saco rojo sobre una silla, junto a la cama.
-- Isabel, no sabes lo que te agradezco esto, que me hagas compañía, que pases conmigo un rato esta noche. Siempre esperé que ocurriera pero nunca había sabido cómo proponértelo. ¡Te tengo que confesar algo! Desde que se me murió Nora nunca estuve con una mujer.
La muchacha se había sentado en la cama, mostrando sus hermosas piernas, largas, dejando sus zapatos a un lado. Ramírez, nerviosamente, sirvió la bebida y se miraron.
– Vos podrías ser mi hija. ¡Te das cuenta!
– Claro - dijo Isabel, con una voz que parecía surgir de una boca pegajosa, mientras colocaba su cabeza sobre la almohada, estirándose en la cama. Y agregó:
– ¡Y sé otra cosa! ¡Que con usted no va a pasar nada! Es un viejo solo, que quiere compañía, pero ya no puede más. Los viejos necesitan
cosas de nosotros, los jóvenes, pero nos devuelven muy poco.
Ramírez había comprendido que Isabel se daba cuenta de su situación, de su soledad, de su incapacidad.
– ¿Por qué eres tan agresiva? Yo he sido amable.
-¡Es que tengo esa desgracia con todos los hombres! A Quiroga le pasa lo mismo. Ahora quiero descansar.
- Un movimiento, un golpe sobre el hombro y nuevamente el sonar rítmico de la teletipo. Desde más lejos el teclear de los linotipistas.
-Che Ramírez – dijo Vignolo – salió el cable con las declaraciones del ministro. Léelas, son una “chaucha”. ¿Hacemos el alcance?
-Antes de contestar, Ramírez, despejándose, pensó un momento.
-¿Qué te parece si nos vamos?
- A un costado, sentada en un sillón, Isabel todavía estaba esperando.
Publicado en “Contornos Imprecisos y otros cuentos”, Libros del Astillero (1983)
servido por Carlos
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3 Julio 2006

-¿Qué tenía para contarme que estaba tan ansioso?
-Nada en especial... Me imagino que se enteró de la inauguración de la cosecha de caña de azúcar a la que concurrió hasta el Presidente de la República. ¿Es así?
-Claro, salió en todos los diarios, los adictos al gobierno y en los otros...
-Claro. Fue el acto organizado por ALUR, la empresa formada por Ancap y la Corporación para el Desarrollo, en el complejo sucroalcoholero "Mones Quintela" en Bella Unión, para el comienzo de la zafra. El acto estuvo muy bien organizado, los lugares prefijados para los asistentes, con un protocolo estricto, un locutor que anunciaba cada detalle. Pero, como usted sabe, siempre pasan imprevistos.
-¿En la colocación de los asientos?
-No, eso marchó bien. En la primera fila estaba el Presidente de la República, doctor Tabaré Vázquez, el ministro de Ganadería y Agricultura, José Mujica, que se juega toda una parada importante con la producción de caña de azúcar, el presidente de Ancap, Daniel Martínez, el ministro de Industrias y Energía, Jorge Lepra, el director de Ancap, Raúl Sendic (sin duda, el más elegante del grupo), el intendente Julio Silveira, etc. Seguro que me olvido de otras personas...
-La gente de la Corporación... los edecanes del Presidente...
-En segunda fila estaban las embajadoras de Venezuela y Cuba, infaltables en este tipo de actos.
-¿Y? Hasta aquí todo muy bien, pero su relato es por lo formal más que aburrido. ¿Pasó algo?
-Todo fue formal y respetuoso, protocolar y serio... Pero como siempre hubo una falla.
-¿Qué falla?
-La locutora, Iris Iriartegaray, con voz engolada y tono solemne presentó a todos los presentes y, por supuesto dijo que todo comenzaría con la entonación del Himno Nacional.
-¿Y?
-Qué hubo un error. En lugar del Himno, por los parlantes se escuchó la canción Feliz Cumpleaños de Las Ardillitas.
-¿Y?
-El único, me pareció, con sentido del humor fue el presidente de Ancap, que tuvo un ataque de risa. Todos los demás se quedaron serios. Parecían que se habían tragado un palo. Pero hubo algo más...
-¿No quiero ni saberlo?
- En la mitad de la canción patria el audio se cortó y la concurrencia debió terminar cantando a capella.
-¿Un coro entonado?
-Más o menos, más menos que más...*
servido por Carlos
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22 Mayo 2006
Contornos imprecisos
"Veo allá lejos una ciudad, ¿es a la que te refieres? Es posible,
pero no comprendo cómo puedes avistar una ciudad, pues yo
sólo veo algo desde que me lo indicaste y no son más que
algunos contornos imprecisos en la niebla”
Kafka

El mundo, mi mundo, había terminado cuando lo supe, cuando resolví que los lazos de la sangre son solo elementos, uno más, entre los miles que nos enmarañan la vida, haciéndonos escapar de la realidad. Por eso René tenía que desaparecer, era un acto de liberación que, sin embargo, ahora me parecía tan pueril como inútil.
Esa noche que había oscurecido a la ciudad, llenándola de fantasmas, me tragaba, mientras caminaba junto a la pared de las viejas casas que finalizan frente al río, tratando de comprender las motivaciones de mis acciones que, hasta hace un rato, me parecían coherentes y firmes. Todo estaba lleno de magia y parecía que volutas de humo ornamentaban el aire.
El plan lo urdí rápidamente, cuando supe que no era mi padre. Esa vergüenza que le coloreó el rostro y luego las palabras que escuché tras la puerta cuando creían que me había ido. Reproches que nunca hubieran saltado con tanta intensidad.
René lo explicó todo, me lo explicó.
Me di cuenta que mi odio era justo, especialmente cuando mis senos estaban comenzando a reventar en mi pecho y René observaba el proceso con ojos –ahora comprendo –en los que se dibujaba el deseo. Luego esa agresividad a toda hora, especialmente cuando tenía que realizar cualquier actividad callada y absorta, cuando comencé a salir con muchachos y Francisco, por primera vez, vino a buscarme.
Mi odio era justo, y claro, ante todo aquello no había otra solución que la definitiva. No podía, además, comprender el motivo oscuro por el que, de vez en cuando, me asaltaba la idea fácil, egoísta, de adoptar como solución el atajo de mi propia vida.
Ya hacía frío y la rambla, ancha y desierta, iluminada a pleno por una hilera interminable de lámparas pendientes de largas columnas que se inclinaban, como cansadas, hacia la calle, me parecían elementos de un mundo lleno de sombras que, a cada paso, podían lanzarse sobre mí, en esa noche, la última.
Me faltaban dos cuadras para encontrarme con él, en una de esas salientes, como plazas rodeadas de murallas, que se levantan sobre el río, al terminar la bajada del templo. Mi paso fue endenteciéndose mientras me acercaba. Subí los escalones y allí lo encontré, sentado en una de las aberturas que dan al agua, fumando pausadamente un cigarrillo.
Lo besé, retorciéndome de asco. Su lengua se incrustó sobre la mía y allí me di cuenta que lo había comprendido todo. Sabía bien que yo había escuchado. Podía sentir a través de ese beso, de esas manos que habían acariciado tantas veces el cuerpo de mi madre, que no estaba equivocada. Su deseo contenido largo tiempo hoy estallaba en esa agresiva forma de tomarme. Y vinieron sus urgencias arrastrándome hacia el auto.
En el ambiente inundado por el calor de la calefacción repasé mis ideas. Esperaría que me llevara al departamento, donde estaba la oficina, en aquel rincón de la plaza. Sabía que ese sería su itinerario, su reacción. Años y años deseándome, espiando mis intimidades, avergonzándose ante la posibilidad de que mi madre se diera cuenta de algo. Por años lo había sabido, así actuaría, en cuanto supiera la verdad. Lo que nunca imaginó es que no sería él quién tomaría la iniciativa, el que sugeriría e incitaría día tras día. Lo hice yo, para luego comenzar a mostrarme, llenando sus ojos de sucia pasión.
Ahora todo estaba llegando a su fin.
Quería verlo sufrir, como él lo había hecho conmigo, especialmente en mis relaciones con Francisco. Luego, cuando comencé a rodar, con sus continuas agresiones. No toleraba que fuera de otro, especialmente que mi vida no estuviera enganchada a los vínculos supuestamente de sangre. “La familia”, repetía hasta el cansancio, hasta mi cansancio.
El camino se hizo largo, me pareció al menos. Entramos abrazados por el oscuro pasillo y nuevamente me besó en el ascensor. Su boca sabía a tabaco ordinario, su cuerpo era feo, adiposo, su cara llena de años. Y allí estaba yo cumpliendo, paso a paso y sin vacilaciones, el bárbaro ritual.
Dentro, tan sólo al cerrar la puerta, comenzó a desnudarme, besándome con una pasión insatisfecha por años, llevándome a empellones al dormitorio, donde lograría ganar su mundo. Yo tenía que esperar que el vendaval pasara y se durmiera, comenzando el monótono ronquido que, durante tanto tiempo, me despertó en la noche.
El cianuro lo tenía en la cartera y se lo vertería por su inmunda boca abierta. Mil veces lo había observado y sabía que siempre adoptaba la misma posición para dormir. Mientras tanto había que jadear, envuelta en su sudor maloliente, y decir mil atropelladas palabras. El tener presente que todo mi martirio de años acabaría muy pronto, me hacía aguantar el asco de ese inmundo cuerpo que se movía sobre mí.
Ahora el cigarrillo, que luego tiraría a los pies de la cama, el sueño y su boca abierta. Allí estaba.
Rápido me levanté, tomé el frasco, me acerqué y, sin dudarlo, lentamente comencé a verter el veneno. Primero tosió, para enseguida despertarse y toser más fuerte, mirándome con ojos en que se reflejaba el horror. Lo vi retorcerse como una alimaña, lo vi ensuciar las sábanas con sus excrementos, lo vi morir.
Una única imagen antes de dormirme. Luego me hundí rápidamente, supongo, con una sonrisa entre los labios, en ese sueño denso, profundo, negro, como un mar inmenso y tibio, sin imágenes, sin palabras, sin pensamientos.
Ahora había que caminar, era inexorable, no quedaba otro camino que el de pensar una solución para pagar esa pesada culpa que me carcomía. Me faltaban dos cuadras, mi paso fue más lento mientras me acercaba.
Subí los escalones y allí lo encontre.
(Carlos Santiago, 1981, publicado en "Contornos imprecisos y otros cuentos!. libros del Astillero, 1983)
servido por Carlos
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