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Un caminante incansable en busca de la verdad y un trabajador por la felicidad colectiva
5 Marzo 2010
12 Noviembre 2009
15 Febrero 2009
A 25 años de la muerte del escritor en Francia
Por Tomás Eloy Martínez (*)
El 12 de febrero de 1984, un domingo del que se acaban de cumplir veinticinco años, Julio Cortázar murió en el hospital St. Lazare, en París. Un mes antes había atravesado por última vez la puerta de la casa de la rue Martel, donde se refugió tras la pérdida de Carol Dunlop, el gran amor de su vida. En diciembre había regresado a Buenos Aires para celebrar en las calles la reconquista de la democracia. Pidió una audiencia con el presidente Raúl Alfonsín, pero regresó a París después de esperar en vano una respuesta.
Más de una vez hablé del tema con Aurora Bernárdez, su primera y devota esposa, a quien el escritor confió el cuidado de su obra. Aurora, que lo conoció como nadie y estuvo junto a su cama en los días finales, recibió por terceros una explicación del incidente, según la cual nadie le avisó a Alfonsín que Julio quería verlo. Un literato notorio habría sugerido a los asesores que el presidente no lo recibiera, porque la figura de Cortázar, demasiado identificada con los movimientos revolucionarios de Cuba y de Nicaragua, irritaría a los militares que aún no se habían retirado por completo. Aurora supone que debió de ser así y desliza el nombre de alguien que, según ella, jamás le perdonó a Julio el lugar de privilegio que ocupaba junto a otros grandes como Fuentes y García Márquez.
Cortázar nunca se repuso de esa herida. Sabía que no iba a regresar, que la leucemia le dejaba pocas incertidumbres sobre la proximidad de la muerte. Se llevó, al menos, el cariño de los jóvenes que lo reconocieron por la calle, los recuerdos de un par de jueves de ronda con las Madres de Plaza de Mayo, los aplausos que lo hicieron llorar en una función de Teatro Abierto.
Por medio de un amigo dejó un mensaje al presidente de la democracia recuperada: "Ojalá que todo le salga bien". Se dirigía a Alfonsín, pero también a su país. Porque, como siempre creyó, su país era la Argentina: "Mis lectores me consideran un escritor argentino, incluso muy argentino", le dijo a Luis Harss en la entrevista que se incluye en Los nuestros , el libro que dio forma al boom. "Creo que ser argentino es participar en una serie de valores y disvalores, en los planos más diversos, en asumirlos o rechazarlos, en entrar en el juego o tirar la pelota afuera."
Entre los papeles inéditos que Alfaguara publicará a comienzos de mayo -cinco cajones repletos que Aurora encontró a fines de 2006 en la vieja casa de Grenelle, donde ambos vivieron durante más dos décadas-, hay una entrevista a sí mismo en la que Cortázar se refiere a su identidad.
Al dictador Roberto Viola le habían pedido una opinión sobre argentinos exiliados a los que él consideraba enemigos del país, agentes de la subversión y otros cargos por el estilo. Cuando se mencionó el nombre de Cortázar, Viola fingió sorpresa: "Que yo sepa", dijo, "ese señor es francés y no tiene nada que ver con nosotros." Luego de treinta años de vivir en París y de dos rechazos a su petición de ciudadanía, el gobierno socialista de François Mitterrand al fin le había concedido a Cortázar la doble nacionalidad, para ahorrarle nuevos trastornos burocráticos.
Julio se sintió en la necesidad de distinguir entre "lo que va del patriotismo legítimo al nacionalismo de consignas y arengas". En la entrevista -entregada al semanario brasileño Veja - declaró que el pasaporte francés lo hacía sentir más argentino y más latinoamericano que nunca, puesto que lo proveía "de nuevos medios y de nuevas fuerzas para seguir luchando contra los regímenes que infaman el Cono Sur".
En París, Cortázar había escrito una decena de libros en castellano dedicados al público de la Argentina y de América latina. Que eso importara menos que un documento de tapas azules le parecía pura lógica de cuartel. "Sé dónde tengo el corazón -escribió- y por quiénes late."
Siempre lo había sabido, o acaso sea más preciso decir que lo descubrió en su lenguaje al pasar de Los reyes (1949), poema dramático muy torre de marfil y muy laberinto griego, a los cuentos de los tres libros siguientes, Bestiario (1951), Final de juego (1956) y Las armas secretas (1959). Quizás importe precisar que, en ese tránsito, se graduó de traductor y se mudó a París, donde tomó conciencia de su argentinidad esencial.
La amistad con Fuentes y Vargas Llosa le permitió entender que las raíces de su país estaban en América latina, décadas antes de que la crisis económica le revelara a la Argentina que su realidad se parecía más a las realidades mestizas del continente al que pertenecía que a las de la Europa que la había educado.
Escribía desde niño, aunque sólo para sí mismo. "Como tengo una idea muy alta de la literatura -le dijo a Harss-, me parecía muy estúpida la costumbre de publicar cualquier cosa como se hacía en la Argentina de entonces." Los reyes le pareció, a los treinta y cinco años, un texto serio. Y lo era, pero también era un texto anacrónico. Poco a poco le fue perdiendo respeto a la literatura, entró en confianza y terminó burlándose de ella.
Estaba a un paso de cumplir medio siglo cuando publicó Rayuela . En los Papeles inesperados de Alfaguara se incluye una evocación que hizo diez años más tarde, en la que declara su asombro porque los personajes individualistas de su novela, absortos en búsquedas metafísicas, hubieran sido capaces de atraer a una generación que soñaba con cambiar el mundo, no para ellos sino para todos. "Mientras los «viejos», los lectores lógicos de ese libro, escogían quedarse al margen, los jóvenes y Rayuela entraron en una especie de combate amoroso, de amarga pugna fraterna y rencorosa al mismo tiempo, e hicieron otro libro de ese libro, que no les había estado conscientemente destinado."
Ese libro, sin embargo, iba a deslumbrar a más lectores de los que Julio se atrevía a imaginar. E iba a hacerlo durante más tiempo que cualquier otro libro de la época, llevándose por delante a viejos y jóvenes y a las generaciones para las que él sigue siendo el autor muerto de una obra viva, al que se relee en estado de incesante sorpresa.
Estos Papeles inesperados rescatan tres nuevas historias de cronopios, famas y esperanzas, y un capítulo omitido de Libro de Manuel , junto con reflexiones sobre su obra y sobre la política de aquellos años, desventuras de su álter ego Lucas en lucha con las erratas, y hasta un juvenil Discurso del Día de la Independencia que su madre guardó desde 1938.
Esas ráfagas del más puro Cortázar coinciden con los homenajes que le tributa la ciudad de sus amigos y a la que dedicó una maravillosa elegía sobre los paisajes perdidos para siempre: "las lecherías abiertas en la madrugada", "el super pullman del Luna Park", "la fealdad de plaza Once", "el reloj de la torre de Retiro", "los olores de la platea del Colón", "las aceras mojadas de la calle Corrientes".
Recuerdo que en 1972, cuando volvió a Buenos Aires por muy pocos días, me habló de los movimientos incesantes del lenguaje nacional: "Antes -dijo, mostrando un billete de mil pesos- a esto se lo llamaba «fragata» y ahora se le dice «luca»". Le respondí que la constante devaluación del peso iba a librarnos pronto de esa desorientación lingüística, pero al leer en sus nuevos textos la expresión "diez guitas" advertí cuán alerta se mantenía ante esa lengua que era suya, la de su país y la de su obra.
Si Borges dejó en la literatura argentina el lujo de una escritura inteligente en la que cabía el universo, Cortázar enseñó a trastrocar todos los órdenes del lenguaje y a recuperar el desdeñado acento latinoamericano. Rayuela fue, en muchos sentidos, la cifra de generaciones. Es una felicidad rebelarse contra el mandato que Cortázar inscribe en el Tablero de Direcciones de la primera página y releer la novela en desorden, abriéndola en cualquier parte. El autor aconsejaba seguir cierto orden en los capítulos, pero no se habría quejado de la desobediencia, porque estaba a favor de todas.
En la Argentina, y me consta que también en otras partes, Cortázar fue el resumen de su época. Los sesenta y las décadas que siguieron le deben la libertad para hablar de sexo, criticar las costumbres pequeño burguesas, quitarles el almidón a las palabras y a las cosas. Libertad era su consigna, el santo y seña de su generosa vida. Y porque la aspiración de ser libre está en el aliento de la especie humana, la obra de Cortázar se sigue leyendo con pasión, a veinticinco años de su muerte, como si todavía estuviera escribiéndola.
(*) La Nación.
13 Agosto 2008
Luego de escribir su último libro sobre cricket, el intelectual critica la sociedad de los Estados Unidos

Por Juana Libedinsky (*)
Para O?Neill, nacido en 1964 y radicado ahora en los Estados Unidos, una peculiaridad de este país, en el que los deportes más populares son el béisbol, el básquetbol y el fútbol americano, es que se mira el ombligo en todo, incluso en las inclinaciones deportivas. Sostiene que los deportes que movilizan al resto del mundo no les interesan a los norteamericanos, y ni siquiera se sienten atraídos por los que sí les gustan cuando los practican equipos o jugadores de otros países.
Por eso, cuando O´Neill (entre sus libros anteriores figura una memoria de su familia turco-irlandesa en la Segunda Guerra Mundial, seleccionado como uno de los libros notables del año por The Economist ) contaba a sus amigos el tema sobre el que estaba trabajando, todos pensaban que se había vuelto loco. "Pobre Sally, lo va a tener que mantener el resto de su vida", asegura que comentaban todos sus conocidos, en alusión a su mujer, Sally Singer, editora de moda de la versión norteamericana de Vogue .
Sin embargo, Netherland se convirtió en una sensación literaria. The New Yorker lo llamó uno de los mejores libros poscoloniales que se hayan publicado, "comparable a los de Rushdie y Naipaul". The New York Times lo calificó de espectacular y lo comparó con El gran Gatsby . El Times Book Review lo puso en la tapa y lo llamó "el libro más inteligente sobre la vida post-11 de Septiembre". Acaba de ser nominado para el Premio Booker, en Gran Bretaña, con las casas de apuestas garantizando que ganará. Pero lo realmente llamativo que logró Netherland es que puso al cricket de moda en Nueva York.
"Yo solía creer -explica O´Neill en un café a pocas cuadras del departamento que tiene en el Chelsea Hotel- que publicar era el castigo por haber escrito un libro. Uno recibía un par de reseñas lindas y luego no pasaba nada, nadie estaba interesado, no se vendían los libros, nadie pagaba. Ante esta cosa catastrófica, sólo se podía empezar a escribir otro libro. Jamás imaginé que este tipo de éxito existiría."
Netherland saldrá publicado en castellano en febrero próximo, por el sello El Aleph. En el libro, el cricket es el vehículo a través del cual se exploran el crisol de razas en Nueva York y la vida en los Estados Unidos después del 11 de Septiembre.
-¿Hubiera sido lo mismo hacer el libro sobre el rugby o el fútbol, en lugar del cricket?
-A los norteamericanos el cricket, con esa gente vestida de blanco, les resulta un chiste, un símbolo de todo lo ridículo y extranjero. Empecé a jugar al cricket en Nueva York en el 95 y enseguida me di cuenta de que era un tema potencialmente interesante para explorar. Era un deporte invisible en Estados Unidos, jugado por los inmigrantes invisibles de las Indias Occidentales. Estaba bien alejado de la sociedad norteamericana, pero desde allí se la podía observar, así que usé esta mezcla de ser yo mismo inmigrante más mi amor por el cricket como una forma de explorar los propios límites de mi imaginación.
-¿Sólo le gusta el cricket o es un amante de los deportes en general?
-El cricket tiene que ver con mi biografía personal. De chico era un fanático, pero creo, en general, que el amor por el deporte es una parte subanalizada del comportamiento humano. Por qué tantos hombres le dan semejante importancia es una pregunta interesante. Supongo que tiene que ver con que el deporte presenta una alternativa al mundo real, con sus propios ganadores y perdedores, personalidades y dramas. Sin embargo, no me queda claro por qué este fanatismo no es igual entre las mujeres. Yo sé que ustedes, los argentinos, están obsesionados con el psicoanálisis. Para mí, tiene que ver con la psicología evolutiva: hay resonancias demasiado tribales en los deportes.
-¿Cómo ve los deportes típicamente norteamericanos, como el béisbol o el básquetbol?
-La peculiaridad de Estados Unidos es que es un país que se mira al ombligo, y sus deportes lo reflejan, es decir que también con eso se miran el ombligo. El año último hubo una copa del mundo de béisbol, con equipos de la República Dominicana y México, por ejemplo, pero los medios de comunicación no le prestaron la menor atención ni como dato de color, lo cual me pareció extraordinario. A un argentino no le hubiera pasado eso con el fútbol...
-¿Qué efecto cree que puede tener este aislacionismo, por llamarlo de alguna manera, en los deportes?
-Para mí, de chico, seguir el fútbol, fueran los mundiales o la Eurocopa, era una parte fundamental de mi educación geográfica y cultural. Lo primero que supe sobre la Argentina fue a través de los partidos entre River Plate y Boca Juniors. El Mundial de 1978 fue una educación muy vívida, en términos de nacionalismo y emoción de masas. Chuck Ramkissoon, uno de los protagonistas de mi novela, aprende sobre el mundo de una manera muy similar, siguiendo el cricket. Yo estoy seguro de que muchos chicos argentinos, sobre todo varones, toman un primer interés por Manchester, Liverpool, Milán, Río de Janeiro y Caracas por el fútbol. Por el contrario, los chicos norteamericanos (y puedo hablar del tema porque tengo tres propios) crecen entre el béisbol y el fútbol americano y el básquet, con lo cual no se benefician de este flujo de información básico. Eso puede servir para explicar por qué tantos adultos en este país son incapaces de marcar en un mapa dónde están Londres, París o Buenos Aires, y es algo que no puede dejar de tener consecuencias políticas.
-¿Usted votará en Estados Unidos en las próximas elecciones?
-Sí, acabo de sacar el pasaporte norteamericano. Y tengo una calcomanía de Obama en la puerta de casa, si eso te da una idea de mi orientación política En realidad Obama es demasiado de derecha para mi gusto, pero está teniendo un impacto gigantesco en el resto del mundo. Creo que es una persona que ante una cuestión determinada va a evaluar racionalmente el problema. Luego dará una respuesta acertada o equivocada, no importa, pero al menos habrá algún tipo de reflexión en vez de una acción inmediata ante cualquier situación diseñada para beneficiar a los amigos ricos y a la industria del petróleo, como lo hace la administración actual. Un presidente americano interesado en el bienestar de la población norteamericana será un cambio interesante. Las ramificaciones de lo que podría ser un triunfo de McCain son impensables.
-No sé si vio una reciente nota de varias páginas en The New York Times sobre los neoyorquinos que se sienten desplazados por los turistas europeos en su propia ciudad
-Sí, claro, pero no creo que Nueva York esté en absoluto amenazada por los europeos, que llegan sacudiendo sus euros a diestra y siniestra. ¿Cómo no darse cuenta de que los necesitamos para mantener la economía funcionando?
-¿El personaje de su libro es el nuevo Gatsby, como dicen los medios?
-El tema de mi libro se parece, de muchas maneras, al de El gran Gatsby . Scott Fitzgerald y yo exploramos el mundo, esencialmente, de la misma manera: un soñador americano que se ahoga en su sueño es recordado por un melancólico personaje secundario que, en realidad, es poco más que un observador. En realidad, pensándolo bien, no ocurre demasiado en ninguno de los dos libros, pero Gatsby es mucho mejor. Scott Fitzgerald lo pudo escribir de joven, y yo tuve que esperar hasta bien pasados los 40.
-Se dice que su libro explora la crisis de la mediana edad
-Sí, pero yo creo que, para cualquier persona medianamente sensible, la vida es crisis constante. Es sólo que con el paso del tiempo las crisis se vuelven peores y las preocupaciones se acumulan, porque se siente la muerte más cerca.
-Al principio de la charla mencionó al psicoanálisis y el fútbol. ¿Qué más sabe sobre la Argentina?
-Sobre la Argentina he leído a un compatriota irlandés, Colm Toibin, y a Borges, cuando leía en serio. Yo vivía en Europa cuando entraron en guerra con Gran Bretaña, y me quedó grabado Galtieri: me resultaba como esos personajes de historieta, el malo irredimible, sin tonos de grises que lo hagan más humano, como en las películas de Hollywood en las que se mezclan dibujos animados con situaciones de la vida real. Pero debería saber e investigar mucho más de la Argentina. Tenemos unos amigos que viven en nuestro mismo edificio y que compraron un departamento en San Telmo, adonde van todo el tiempo. Siempre estamos a punto de viajar, pero por alguna razón cada vez que planeamos ir a la Argentina terminamos visitando la India. Aunque es sólo cuestión de tiempo: sé que ustedes tienen alguna pequeña tradición de cricket y me fascinaría conocerla en detalle.
(LA NACION)
19 Abril 2008

El británico Julian Beever, famoso mundialmente por sus dibujos con tiza en tres dimensiones sobre el pavimento, terminó su obra al aire libre frente al Obelisco. Convocado por Movistar, Beever deslumbró a los porteños con la técnica llamada anamorfosis, que crea una ilusión óptica tal que el espectador siente que se introduce en la obra.
29 Enero 2007
Cualquiera puede ser presa de una adicción. Los flirteos del fin de semana o asociar el consumo a estados de estrés o algún otro estado de ánimo basta para que sin darse cuenta una persona acabe cayendo en las redes de las drogas. Aunque existe controversia a la hora de afirmar que el cannabis, el éxtasis o los alucinógenos no generan dependencia física, en lo que sí hay unanimidad es en la capacidad de las drogas para provocar dependencia psicológica emocional

Existen evidencias que nos llevan a pensar en deficiencias más que notorias en las posibilidades de investigación de la Justicia y de los organismos especializados de nuestra Policía, que por más que se han esforzado de manera evidente no tienen datos precisos sobre la joven Natalia Martínez desaparecida, hoy, hace once días en el balneario Piriápolis a la salida de un conocido centro nocturno al que concurren centenares de personas.
Parecería que solo por algún dato obtenido de parte de informantes que se avengan a hablar o por razones totalmente fortuitas, se resolverá un caso que ha conmocionado de manera brutal al país en su conjunto y que es seguido día a día, con preocupación por todos los padres de familia que con temor se sienten inseguros en abrir los grifos de la libertad a sus hijos adolescentes.
Porque, además, en torno a la desaparición de está joven han trascendido versiones casi alucinantes de todo tipo que dan cuenta de cómo se comercializa la droga en la zona balnearia, la que al parecer no se entrega dentro de lugares de diversión nocturnos sino, generalmente, fuera de ellos, en vehículos que merodean el lugar a los que se llega luego de que los clientes son “marcados” por personas vinculadas a los propios lugares de diversión.
Una tarea, según esas versiones, que todos saben que existe y, por supuesto, que también la Policía, pero que no es reprimida como se debiera, haciéndose la “vista gorda” a una actividad ilegal por la cual algunos empresarios logran en las temporadas pingues ganancias lesionando la salud física y mental de muchos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes.
Para esa existencia del submundo de la droga es necesaria la complicidad activa de muchos. Nos gustaría conocer algún análisis de la Junta de la Droga sobre lo que está ocurriendo en varios balnearios del Este del país donde el consumo de estupefacientes y otro tipo de drogas es más que evidente. Y, además, sería adecuado establecer que políticas se ponen en marcha para evitar ese flagelo que provoca males, muchos de ellos, irreparables.
Una de las líneas de investigación que existe en torno al tema de Natalia tiene que ver con el consumo de drogas. No de la misma implicada en la desaparición, a quién sus amigas la sindican como no consumidora. Pero, bien sabe la Policía, que el submundo de la noche balnearia, lamentablemente, está enmarcado por el consumo de drogas y alcohol, ello, por supuesto, con todo lo que tiene en el primer caso en su vinculación, con los canales de distribución, los grandes traficantes, las complicidades mayúsculas y pequeñas, los mecanismos con que se opera, el desenfreno resultante, etc.
Es de esperar que este camino esté siendo analizado por la Policía y se actúe con inteligencia, sagacidad, dejando de lado métodos como los utilizados con los tres pescadores de Piriápolis, a quienes, por la incapacidad de los agentes para obtener información por otros conductos técnicos, se los “trató” de manera insólita en la comisaría de Piriápolis.
Esa incapacidad policial, que no solo es privativa del Departamento de Maldonado, se debe fundamentalmente a la falta de preparación de los funcionarios, la carencia de elementos técnicos, culturales y de experiencia investigativa y, por supuesto, a una actitud corporativa de la propia institución que, generalmente, trata de “arreglar” con declaraciones que nadie cree, las transgresiones que ocurren dentro de los recintos policiales.
Sabemos que el Ministerio del Interior está tratando de revertir toda esta problemática, intentando tecnificar a la Policía, pero esa es una tarea ciclópea, por los recursos que son necesarios, por los niveles culturales básicos que se requieren para que las prédicas no sigan cayendo en el vacío y, finalmente, para que todo redunde en que la gente crea en la institución que, en la actual situación, no puede avanzar en el concepto ciudadano.
No en vano muchos prefieren escuchar los “consejos” de mentalistas y adivinos, lo que es una demostración más del nivel cultural imperante pero también de la inoperancia policial en torno a algunos asuntos. Señores que siguen armando historias de acuerdo a su real entender.
Porque, saber no saben nada.
21 Enero 2007
Murió un gran hombre y un notable profesional del periodismo que no quiso sobrevivir en el sufrimiento de sus males que le cuestionaban la calidad de su existencia y, resolvió abandonar un tratamiento de sostenimiento renal que lo mantenía vivo. Quién no recuerda a Art Buchwald, a sus notas informadas, cultas, siempre bañados en una mirada humorística que le otorgaban, sin duda, mayor elocuencia a su discurso. Encontramos en el diario El Observador de esta mañana este perfil de Art Buchwald, realizado por el periodista Eduardo Espina. Que mejor cosa para homenajear a este magnífico colega que ya no está entre nosotros, pero que desde algún lugar debe sonreír luego de lograr escapar concientemente a las últimas alternativas de la decadencia humana, que lamentablemente e indefectiblemente nos trae la vejez.

Por Eduardo Espina (*)
El columnista que en medio de una gran depresión anímica decidió no suicidarse porque pensó que el New York Times no publicaría la noticia, dejó el miércoles su espacio en la vida vacío. A los 81 años murió Art Buchwald. La noticia de su muerte, debida a problemas renales, fue publicada en todos los buenos diarios del mundo. Hoy toda esta página es para él.
Haciendo honor a su nombre, Art, Buchwald hizo del género crónica periodística un arte, y del humor uno de los ingredientes principales del gran periodismo. Si los medios escritos, diarios y revistas, pretenden sobrevivir la competencia de Internet que tanto los está afectando, deberán dejar de recurrir a información chatarra proveniente de la farándula y a no depender exclusivamente de información política y económica: deberán privilegiar únicamente los artículos bien escritos, esto es, publicar solo aquellos que puedan tener vida más allá de la brevedad del instante.
Tal como el inglés William Hazlitt, el español Mariano José de Larra, y el estadounidense E.B. White, Buchwald fue uno de esos raros escritores que ayudaron a convertir al ensayo periodístico en uno de los géneros literarios más interesantes y originales de la época moderna. El único formato de diario que sobrevivirá en el futuro (un futuro mucho más inmediato de lo que pensamos) será el que publique únicamente columnas, opiniones y comentarios bien escritos, con estilo. Para el resto, incluidas las primicias, quedarán Internet, la radio y la televisión. Buchwald tuvo esto claro desde el principio, desde que empezó a escribir para diarios y revistas, por lo que todas sus columnas de nunca de más de 600 palabras (fue maestro de la brevedad) pueden leerse como si fueran las páginas de un largo libro que esta semana dejó de ser interminable.
Buchwald (y quienes lo leyeron saben a qué me refiero) podía hacer de cada situación cotidiana, incluso la más insignificante, motivo propicio para ejercer un humor lúcido, inteligente, adictivo. Cuando hace un año le diagnosticaron que sus riñones estaban fallando y que la única manera de continuar vivo era hacerse diálisis cinco horas al día tres veces por semana, Buchwald prefirió entregarse a la enfermedad, argumentando que había vivido muy bien y que no quería cambiar ese estilo por una vida a medias. Extrañamente (los médicos no saben por qué pudo mantenerse tantos meses con los riñones casi sin funcionar), Buchwald sobrevivió más de lo previsto, incluso paso los últimos meses con un panorama mejor del presentado por los médicos. Tanto fue así, que éstos lo dejaron regresar a casa de su hijo, donde murió el miércoles de noche tranquilamente, rodeado de su familia. Cuando se enteró que el fin era próximo grabó un video donde habla sobre su propia muerte, el cual puede verse en el sitio del New York Times, http://www.nytimes.com. Al comienzo del mismo aparece diciendo “Hi, I´m Art Buchwald, and I just died” (Hola, soy Art Buchwald y acabo de morir).
Meses atrás, cansado de esperar en vano el fin que tanto había sido anunciado, Buchwald dijo que no le temía a la muerte y que por el contrario la estaba esperando con alegría, agradecido porque le había permitido tener una existencia sin interrupciones. Incluso después que debieron amputarle una pierna tuvo tiempo de terminar otro libro, Too Soon to Say Goodbye (Demasiado pronto para decir adiós), en donde no es la muerte la figura temida, sino la vida la figura celebrada. Su único temor era morir el mismo día que Fidel Castro. Pero el viernes las portadas fueron todas para Buchwald y su muerte anunciada y por tanto tiempo postergada. Hasta en esto tuvo razón cuando escribió: “Moriré de una forma que pocos se pueden dar el lujo de tener”.
Por cuatro décadas Art Buchwald fue posiblemente el columnista más divertido del periodismo mundial. La razón de su éxito, como en la de todos los grandes escritores, es que no se tomó la vida con más seriedad de la necesaria. Supo reírse con sabiduría del mundo pues primero, como ejercicio de salud mental, sabía reírse de sí mismo, mirarse en la intimidad de su satírica visión. Dos autobiografías, una obra de teatro, dos novelas y más de 20 libros recopilando sus columnas, forman su legado literario. Lo mismo que los grandes escritores del género que sea, la obra de Buchwald está llena de frases geniales, esas luego llamadas célebres y que en tantas ocasiones sirven para salvar una circunstancia, como esta: “Morir no es difícil, lo que es difícil es pagar las cuentas del funeral”.
Con su cigarro y su sonrisa, esa que conservó hasta el final y que le valió en el hospital el apodo de “El hombre que no sabía morir”, la imagen de Buchwald fue complementaria, hermana siamesa, de sus crónicas, tan sagazmente divertidas, en las cuales siempre destaca la abundancia de vida, de entusiasmo ante las situaciones de la realidad que pueden vencerse con palabras, o al menos ser mejoradas por éstas. La inteligencia siempre tiene afinidad con el humor, sobre todo cuando es apaleada por la vida diaria. “El humor, dijo, es la mejor forma de terminar empatado con la realidad”.
Como tantos grandes en esta maravillosa profesión, la de llenar páginas siete días a la semana, Art Buchwald, quien obtuvo el Premio Pulitzer en 1982, nunca terminó la universidad. Apenas empezó la abandonó pues dijo que le impedía leer los libros que quería leer. Todo lo aprendió en la universidad de la calle, no del vagabundeo, sino mediante el rigor intelectual ejercido con total libertad. Se fue a Europa a fines de la década de 1940 y consiguió que la revista Variety comenzara a publicar sus crónicas desde París. Luego lo contrató el New York Herald Tribune para que escribiera la columna Paris After Dark, en la cual informaba sobre detalles, la mayoría de ellos insólitos, de la vida nocturna en París. Una síntesis de estas piezas de observación puede encontrarse en su libro I´ll Always Have Paris! (Siempre tendré París), de 1996.
Las crónicas desde París fueron el comienzo de una ilustre carrera que tanto la inspiración como la insistencia hicieron perdurable, inobjetable punto de referencia. En 1962 se instaló en Washington, a pocas cuadras de la Casa Blanca, donde convirtió sus columnas en mirador para ejercer una visión corrosiva, nunca cruel, de la vida política estadounidense. Se rió de todos los políticos, logrando su objetivo, esto es, enojarlos a ellos y deleitar a sus lectores. En cierto momento sus crónicas llegaron a ser publicadas en 500 diarios del mundo, entre otros el Washington Post. Y, como pocos periodistas, consiguió la distinción intelectual posiblemente más importante en este país: en 1986 fue elegido miembro de la Academia Americana de Artes y Letras.
Buchwald tuvo una infancia difícil. Luego que su madre fue internada en un hospital psiquiátrico (sobrevivió allí por 35 años sin nunca volver a ver a sus hijos) y que su padre se declarara insolvente para mantener a la familia, Art fue enviado, junto con sus tres hermanas, a un orfanato. A los 17 años se escapó para alistarse en el ejército, donde pasó tres años y medio, en plena segunda guerra mundial. Su vida cambió cuando estando en el Pacífico con la fuerza naval descubrió que quería ser reportero. El descubrimiento lo hizo feliz, y en esa felicidad (también una fidelidad) se mantuvo toda la vida, hasta que la muerte dejó solas a las palabras.
(*) Publicada por El Observador de Montevideo.
25 Diciembre 2006

Quiero saludar a todos mis amigos en razón de estas fiestas, deseándoles realmente felicidad. La Navidad es una fecha especial para estar con todos, los que están y los que no están, unidos en el recuerdo. Una fecha de conmemoración discutible, con aditamentos lamentables como la brutalidad (tan uruguaya) de las bombas de estruendo, los cohetes hasta la madrugada, el beber hasta el hartazgo, sin límites, para luego en el enloquecido tránsito provocar accidentes de gravedad diversa.
También tiene ese otro aditamento insólito de la sociedad occidental, que se enloquece por el consumo, como sin él, no se pudiera ser feliz en una fiesta en que todo debiera ser recogimiento, paz y meditación porque, más allá de nuestras ideologías, las enseñanzas terrenales de Cristo tienen un profundo humanismo que, por supuesto, sería plausible que fueran el denominador de nuestras sociedades.
Por todo ello, un saludo cordial a todos los amigos que ingresan a mi bitácora personal, por las más distintas razones. “Blok” atípico en que trato de ser leal conmigo mismo, no ocultar mi pensamiento en ningún caso, negándome a censurar intervenciones de lectores que hacen denuncias, algunas desde el anonimato, porque no se atreven a “dar la cara”. Lo que pasa que es difícil identificarse, a cara descubierta, en una sociedad que tiene anticuerpos defensivos, especialmente virulentos en algunos sectores, y que hacen pagar caro cualquier desliz fuera del camino trazado por el poder.
Por ello, es ética y moralmente imposible, la censura, pero sigo reclamando que quienes hagan denuncias duras, se identifiquen a través de una dirección de email, que no saldrá publicada en el “blok”, para así consolidar la seriedad de lo que afirman.
Bueno: felicidades para todos, para amigos y adversarios, especialmente para quienes se animan a exponer públicamente su pensamiento y luchan por su verdad.
Los otros, los medrosos, quienes en su mediocridad se agarran de su vinculación al poder y esconden su pensamiento real, mi desprecio intelectual, pero humanamente, sin dejar de saludarlos en esta ocasión.
La sociedad seguirá su marcha pese a ellos.
Feliz Navidad para todos…
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digitalizado
Nombre: Carlos Santiago.
Fecha de Nacimiento: olvidada
Profesión: periodista y escritor. Una persona que quiere estar comprometida con la libertad y particularmente la que me "impongo en cada una de mis notas periodísticas"
Como escritor me gusta volar, caminar por un mundo imaginario, en el que me sumerjo con pasión, involucrándome con mis personajes que generalmente me llevan de un lado al otro sin respetarme en lo más mínimo.
En lo formal estoy preparando algún nuevo libro, tarea de siempre - casi eterna - y en lo menos etéreo, integré la mesa de la secretaría de redacción del diario LA REPUBLICA de Montevideo.
También la secretaría de redacción del suplemento Bitácora (http://www.bitácora.com)
"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)
GeoBitácoras:
Montevideo, Uruguay.
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