El departamento de la calle Paunero
Solo quiero darle vida a las palabras
Juan Carlos Onetti
Entre vino y vino me lo contaba. El departamento de la calle Paunero un día se llenó de luz y, con ella, llegaron las sombras obstinadas de una vida.
Elisa era joven, rondaba los treinta años y había comprendido que su vida había comenzado y que también terminaría en la sequedad de Río Cuarto.
Había tenido una infancia común, con padres que la amaban, los que trataron de educarla y cuidarla de la mejor manera posible, protegiéndola de los contratiempos del mundo hostil.
Su vida cambió algo cuando decidió mudarse a ese pequeño departamento. Sus estudios se desarrollaron en un colegio religioso, en donde sus maestros supieron inculcarle todos los elementos que hacen a la medianía de esa sociedad.
Elisa lo sabía muy bien, lo había comprendido con diáfana claridad., luego de que sus maestros y sus padres le advirtieran: "Cuidado querida, la calle no es para ti, tu mundo es el hogar que deberás formar, casarte, tener hijos haciendo feliz a tu marido"
Una evidente inestabilidad emocional que comenzó a manifestarse a los veinte años, la llevó a consultar a un psicólogo que concluyó su examen recetándole más psicólogos y exámenes.
Elisa se daba cuenta que había comenzado a odiar a sus padres, ya que el mundo real en que habitaba no era el que le habían pintado. Y sus noches comenzaron a hacerse interminables. Ya no alcanzaba el momento en que el deseo que latía dentro de su cuerpo, estallaba en una breve conflagración. Elisa lo sabía muy bien, por muchos años había llenado su cabeza de ensueños multicolores, agradables. Luego, de nuevo la melancolía, después del sudor y el jadeo.
Su relación con Luis fue larga, intensa y profunda. El siempre tenía la amabilidad de llevarla a pasear, para hablar largamente del destino común, desgranando los detalles de la vida futura, del amor a compartir para siempre. Siempre, a la vuelta del cine, los sábados por la noche, Luis estacionaba su automóvil bajo algún árbol del parque y comenzaba a besarla, a acariciarla. Era algo que para Elisa estaba permitido hasta cierto punto y siempre lograba que Luis no lo franqueara. Lástima que Luis, que tanto admiraba y quería a Elisa, un día se fue para casarse con otra.
Yo la conocí esa noche en casa de unos amigos, los que siempre invitaban a Elisa a quien todos comenzaban a ver como la amiga soltera. A mí me agradó de inmediato, sorprendiéndome su actitud: estaba como abstraída mirando un libro por fuera de la alegría de la reunión. Era, sin duda, una bella mujer, con sus flamantes treinta años y su departamento en la calle Paunero, su primera liberación.
Fuimos presentados y me senté junto a ella, atraído por el aire de solemnidad que surgía de su abstracción. Fue cuando nuestras vidas comenzaron a aparecer en un diálogo que cada minuto era más abierto. ¡Vidas tan distintas! La mía tan llena de huellas indelebles y, la de ella, tan pobre en contenido pero repleta de elementos que la hacían interesante. Elisa era un ejemplo viviente de los males que provocan las sociedades cerradas, con tabúes, elementos que prevalecían en estas sociedades.
En su relato, por momentos, aparecía la angustia de la soledad y una melancolía chata y sin esperanzas. Lentamente, entre copa y copa de vino blanco me contó todos los detalles; sus desilusiones, el contenido de una vida familiar que ahora la parecía más y más vacía. Los detalles de su bien guardada virginidad -todo bañado con una solemne ingenuidad - que había conservado luchando a brazo partido para mantenerla como ofrenda de amor al hombre que la comprendiera y fuera, en definitiva, su compañero hasta la muerte.
La languidez de la madrugada del domingo comenzó a deslizarse sobre nuestros párpados que, cansados, parecían pesarnos. Los amigos ya se habían comenzado a retirar.
-¿Quieres que te lleve a tu casa?
-¡Si!, sí, llévame.
Me daba cuenta que aquella relación con Elisa podía convertirse en algo más que una cosa efímera. Esa paz que reinaba entre nosotros, ahora dentro del automóvil, era sinónimo de algo que me parecía profundo, que embellecía aquella comunicación lograda. Vivía un momento mágico, una indescriptible sensación.
Entre Elisa y yo estaba pasando algo. Y cuando la tomé de la mano me di cuenta, por su temblor y adivinando un tenue rubor en su rostro, por su respiración, que nos habíamos entrelazados en una relación nueva y difícil de definir.
-Ven, sube, ¡acompáñame!
Me dijo con una voz tranquila pero decidida, mientras lentamente ascendíamos las escaleras del viejo edificio. El departamento era de una sola habitación, separado en dos ambientes por una especie de alto biombo e iluminada - lo que sería la recepción - con una lámpara metida en un globo chino de papel cargado de inscripciones. Detalles que le daban a lugar un aspecto singular, especial, pobremente decorado pero con elementos de un gusto refinado.
-¿Quieres tomar algo?
-¡No!, solo ahora quiero amarte.
Le dije sorprendentemente tranquilo, mientras la tomaba de la mano y la atraía hacia mi, para comenzar a besarla con pasión. Elisa respondió de la misma manera hasta que se alejó.
-Espera un momento, ya vuelvo...
Desapareció dirigiéndose a la oscuridad del otro lado de la habitación, aumentando mi excitación el leve ruido de sus ropas cayendo.
Había comprendido, finalmente, que Elisa se había liberado de sus tabúes, encontrando en mí al compañero de su vida. Quizás fuera el resultado de la total sinceridad de nuestro diálogo. Pensé que esa noche sería recordada por mí eternamente, pues pocas veces me había ocurrido que una mujer, dulce y bella, cargada de problemas los compartiera conmigo. Para siempre.
Un momento después reapareció sobre un costado del biombo, iluminado su cuerpo apenas por la tenue luz del globo de papel colgante. Un cuerpo espléndido. Había ganado, sin duda, mi noche.
Luego de aquella plenitud vino el sueño y en su transcurso se fueron las sombras de la noche. El pelo rubio de Elisa caía sobre mi hombro y yo estiré la mano, acariciándole la cabeza. Esos ojos que me enloquecieron, esa boca que había besado con todo mi fuego, ese cuerpo cálido, esa manera de fundirnos en la pasión.
La luz del día comenzó a ingresar por la ventana de persianas semicerradas, desde el otro lado del biombo. Entre dormido me levanté para dirigirme a una puerta tras la cual, pensé, estaría el baño. Pero, en verdad, era la habitación de una niña que dormía placidamente en una pequeña cama.
Tras de mi Elisa, que había visto mis movimientos, me tomó del brazo y con una leve sonrisa, dijo:
-No hagas ruido que despertarás a Elisa.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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Pèrez Montero dijo
Muy bueno, excelente y magnífico.
23 Julio 2005 | 12:32 PM