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La Coctelera

Bitácora de Charly

Un caminante incansable en busca de la verdad y un trabajador por la felicidad colectiva

13 Marzo 2006

Compartiendo otro cuento

Individualismo

Siempre me había llamado la atención aquella casa, construida sobre la deformidad de un predio esquinero, cuyo vértice posterior estaba cortado por una vía abandonada. Trataba de olvidarla, como un juego, cada mañana al salir. Pero una consuetunidad envolvente, siempre me hacía mirarla. Algún hecho, movimiento o sonido se producía en el momento coincidente para que tuviera que dar vuelta la cabeza y mirarla. Era modesta pero orgullosa, con un muro de ladrillos. Su verde y tumultuoso enjardinado –que se combinaba con el cerco paralelo al camino interminable y abandonado del ferrocarril- modificaba las tonalidades de un color triste, pero que se iba apoderando de todo.
Nunca pregunté ni me importó. No sabía quien vivía en aquella casa, metido en mis afanes de intrascendencia, pero el juego de ignorarla cada mañana lo realizaba construyendo una fantástica historia vinculada a la suerte del día. Era una aparente cábala que trataba de respetar, sabiendo que algún hecho fortuito me haría romper aquella buscada actitud matutina. Y mi mirada, llevada hacia la casa, hacía que comprendiera que ése sería un día normal, signado por la tranquilidad que me daba ese juego.
Las historias las conocía en medidas diversas, pero nunca me interesaron de veras, pues esa realidad rompería la magia mañanera. Presentía que inmiscuirme en algo de allí enfrente sería romper el sortilegio, pisoteando el redoblado misterio de la vida y enajenando algo que no me correspondía, que era de otros.
Por eso me maravillaban las grandes ciudades, esa forma de ser uno mismo en la multitud, mimetizarse y a la vez mantener en pie el misterio del individualismo más estricto, sabiendo que la vida –insondable en sus características- exigía del ser humano solamente respeto por sus semejantes, en una analogía que debía ser compartida.
Había tomado la casa esquinera y solitaria como un ejemplo a mantener en alto. Si lograba respetar aquella deforme construcción, sin introducirme en las vidas de los seres que la habitaban, podría soportar en forma inaccesible esa especial soledad que me había impuesto, tratando de volcarme hacia mi interior que parecía más inconmensurable que el universo. Entendía que así pasarían los años en una tonalidad gris, sin sobresaltos angustiosos, los de la competencia entre los hombres. Era, al fin, una forma de lograr la intrascendencia, de seguir endilgándole a la existencia figuras que la hacían interesante, que apuntalaban las ganas de seguir viviéndola. Pensaba que no estaba de acuero con algo que había dicho Cortázar en uno de sus últimos cuentos sobre que “la vida es como una cebolla y hay que llorar para pelarla”. Me parecía, más bien, que una existencia debía construirse sobre pequeñas cosas de un mundo casi mágico en el cual, los demás seres jugaban un papel accesorio o accidental, edificando otras magias, muchas más, para que todo aquel conjunto fascinante de hechizos construyeran a la humanidad. La pobreza y la riqueza, el dolor, la muerte o la vida, eran parte de ese perplejo encantamiento que se verificaba en la solitaria presencia de cada hombre y cada mujer, de aquellos seres sin nombre y sin cara que se afanaban diariamente –lo que nunca había podido comprender- en esa insaciable búsqueda de metas que significaban ir quebrando lo mejor de la convivencia. Y esta era, sin ninguna clase de dudas, el desaparecer en la multitud, dejando que el mundo girara con la mayor tranquilidad, sin colocar obstáculos ni plantear irracionales caminos transversales tan proclives de ser transitados por mayorías siempre dispuestas a invadir la indolencia de ese tono gris que todo lo abarca.
Mi firmeza había sido depurada por años y se mantenía inquebrantable, pues todo el resto concretaba esa verdad, reafirmada por los cada vez más esporádicos contactos con la realidad, buscados con un exquisito cuidado para no quebrar aquella magia voluptuosa, depurada de todos los elementos contrarios a ese matiz sin adversidades ni torbellinos. Nada era trivial y los límites que me había impuesto impedían cualquier tropiezo fatigoso que me metiera en la congoja, desvirtuando ese acento apaciguado.
Los contactos con la realidad, como la ignorancia adrede de aquella casa, a la que conscientemente pretendía soterrar para reencontrarla todas las mañanas con algún sonido que me hiciera mirar al otro lado de la calle, se convertía en un juego interminable. Era una cábala silenciosa y solitaria, carente de intrigas. Todo aquello era un misterio, no había nada que resolver jineteando vidas ajenas. Sólo, al salir, aguzando los sentidos, esperar que una simple acción de esos habitantes desconocidos se hiciera, en la cadencia diaria, levantar los ojos y enfrentarme a todo aquel verde. Adivinaba que al salir atravesaría la calle alguna señal, algo que me conectaría con otros seres, un instante, el que me bastaba. Era una forma de sentirme todavía vivo, sabiendo que ese día también seguía, que sería uno más o uno menos del recuento hasta el final.
Lo había pensado más de una vez. Esa relación onírica con una casa era algo insustancial, una especie de “nada” sartreana, que al no ser, tampoco existía. Parecía un sueño, ¿un desvarío? Esa intimidad con algo desconocido, con una casa cada vez más verde que se vinculaba día a día más atinadamente con mi vida, era de un valor inapreciable. Mágico pero real a la vez. No podía evaporarse ni escabullirse, pues estaba ahí, en la ochava de enfrente, cortada por detrás por una vía férrea inservible. Era una complicidad extrínseca, objetiva, pero no casual, pues se había ido construyendo mañana a mañana, con una dimensión que se multiplicaba en el prendido injerto de una pasión individual.
Mi identidad, con su inveterado individualismo, carecía de sentido sin aquella relación adventicia, fimemente agarrada a mis entrañas que defendían una forma de existencia largamente meditada, destinada a escapar del sufrimiento humano.
La realidad son los otros –me decía- por lo tanto “debo escapar, tratando de salir de la runfla humana, alejándome en medio de la multitud, mimetizándome cada día más pero sin contactarme con los demás”. Qué mejor para ello que iniciar una relación nueva, quizás rústica y mezquina, por egoísta, pero destinada a preservarme de los otros; de ese mundo no hecho a la medida del hombre, en el cual los humanos no habían superado –en sus relaciones de convivencia- una etapa que bien podría calificar como “selvática”.

1)

Sin duda, pueden darse casos en los que el pensamiento tiende a explicar la comprensión de una frase. Pero si, como en el caso que aquí nos ocupa, encontramos una imagen pobre, ¿no correspondería mejor preguntarse si es que hay también un pensamiento pobre de nuestro espíritu?

2)

Las espirales del sueño llegaban bienhechoras cada noche para acercar la mañana. Siempre esa relación -¿absurda o ingenua?- con aquellos muros, el cerco de la vía hacia la nada, el verde de las mil tonalidades y ese palpitar que siempre me atrapaba, tirando lejos mi letargo. Era un latir que rompía las prevenciones de que al despertar, una vez más, me encontraba ante algo nuevo. Era el signo inequívoco de que la vida seguía su curso sin alteraciones, como indicándome primorosamente que había que marcar otra cruz en el almanaque. Esa casa era, en definitiva, un corazón que seguía latiendo, transmitiendo señales que no dejaban que me extraviara en el mundo, que cada vez me parecía más ancho y ajeno.
Pero esa noche, iluminada por una enorme luna, llegó algo con una picardía singular que quebró las volutas del sueño. Fue cuando a lo lejos, como escapada de un libro de terror, sentí una nueva señal, algo distinto que parecía deslizarse lentamente, inoportuno, haciéndome entrar en una expectante vigilia. Parecía sonar a la distancia un repiqueteo rítmico, apuntalado por un motor que alargaba y aumentaba, cada vez más, su fuerza vibrante.
Es el tren –pensé.
Era algo desconocido que quebraba ese idilio que me emborrachaba, inspirándome para que lograra a diario multiplicar mi querida intrascendencia. El tren, ¿quizás todas las noches pasaba por la vía que yo creía abandonada? Era la primera vez que me había sacado del adormecimiento nocturno, única forma en que podía hacer más llevadera la vida o lo que quedaba de ella- Se había e esfumado el narcótico que hacía tolerables aquellas noches. Algo extraño, engarzado más allá de mi entendimiento, invadía mi mundo.
El vibrante sonido, integrado por chirridos pesados y agudos, se hizo más intenso, alargándose el sonsonete ruidoso de un golpe que se repetía y todo lo abarcaba, solidarizándose entre si en una conspiración abierta de contra del tranquilo silencio de la noche.
El sonido parecía estar ahí, en aquella casa, junto al verde encuentro de cada mañana. Pense retraerme, escapar nuevamente, encerrarme en mis pensamientos, hundirme en esa insondable laguna que cada día se encrespaba menos por la convivencia con los demás. Pero el sonido era más molesto de lo aceptable y resolví, sacudiendo totalmente mi letargo, acercarme a la ventana para cerrarla y colocar un nuevo sobreguardo a mi tranquila existencia.
No pude dejar de mirar. Frente a la verde casa estaban estacionados algunos extraños vehículos oscuros. Tras de ella un tren se había detenido y un hombre abría, produciendo un sonido metálico, la enorme puerta de uno de los vagones. Otros hombres, oscuros como la noche, parecían cargar bolsas, empujando hacia la casa a otros hombres y mujeres que desaparecían tras el muro. Más allá no podía ver.
Esa noche comenzó algo nuevo, distinto, plagado de asequibles conjeturas cuyos resultados finales quebraban en todos los casos la aséptica relación matutina con aquel recinto misterioso que había comenzado a apasionarme.
Apaciguadamente había buscado durante toda la vida una relación que sirviera para aseverar el quebranto con la humanidad, asegurándome a mi mismo que el individualismo podía ser el sistemático resultado de alguna patología psicológica, sino una verdadera forma de vida que apuntara a desteñir el brillante camino que se planteaban los demás.
Sin embargo esa noche, extrañamente vibrante, descubrí la verdad: sin saberlo había comenzado a enamorarme de la muerte.
Para consolarme, por rato me deleité con otros sonidos, muchos más.
A la mañana, al salir, miré a todos los costados y ví en la esquina a un señor que tomaba un ómnibus después de comprar un diario. Me acerqué al vendedor de las hojas impresas e hice algo distinto: dije “buenos días”
La vida continuaba, también en los demás.

(Río Cuarto, 1960)

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Armand

Armand dijo

Extraño y complicado, dificil de desentrañar, pero espléndido cuando se entiende. Te felicito Charly

13 Marzo 2006 | 09:25 PM

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logo Nombre: Carlos Santiago. Fecha de Nacimiento: olvidada Profesión: periodista y escritor. Una persona que quiere estar comprometida con la libertad y particularmente la que me "impongo en cada una de mis notas periodísticas" Como escritor me gusta volar, caminar por un mundo imaginario, en el que me sumerjo con pasión, involucrándome con mis personajes que generalmente me llevan de un lado al otro sin respetarme en lo más mínimo. En lo formal estoy preparando algún nuevo libro, tarea de siempre - casi eterna - y en lo menos etéreo, integré la mesa de la secretaría de redacción del diario LA REPUBLICA de Montevideo. También la secretaría de redacción del suplemento Bitácora (http://www.bitácora.com)
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"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA). Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina). Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas) Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy) Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)  Bitacoras.com

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