Compartiendo otro cuento

Dibujo de Carlos Grippo (http://www.torcular.it/arte/grippo.html
Miguel y María
A Miguel se le ocurrió mirar nuevamente a María, abandonando por un momento el rectángulo multicolor que ofrecía sus cuotas de destellos para la alienación. “Qué vieja está. Han pasado tantos años y todo sigue igual. Solo más arrugada y más cerca de la muerte”, pensó encogiéndosele el corazón. Le pasó por la cabeza también el tema de la vida y de la muerte, que hasta el momento lograron gambetear pese a que en los últimos meses debieron dejar de pagar a la mutualista. “No importa”, había dicho María: “Si nos pasa algo nos vamos al hospital. Y si nos morimos, en cualquier lado será igual”.
Los ojos de Miguel retornaron al brillo del rectángulo sumergiéndose nuevamente en la vida de otros, siempre frente a dos constantes: la violencia inaudita o la felicidad extrema, esa que solo puede ser imaginada por algún libretista bien pago, para qué el público de la hora pico, puntualmente se coloque frente al mostrador”. ¿Por qué siempre tendrán tantos problemas del “corazón” los personajes de TV y nunca con el salario o la jubilación?
En la tanda de las 20, María pareció desperezarse, estirándose en la silla, se restregó los ojos y sin mirar a Miguel, dijo:
-¿Quieres un poco de vino fresco antes de cenar? Hace mucho calor, ¿verdad?
-Bueno, ya vienen las noticias. ¿Tienes pronta la cena?
-Sí, aproveché el mediodía.
Miguel puso otra silla enfrente de él y colocó las piernas sobre ella. Luego comenzó a desprenderse la camisa.
-Siempre lo mismo – dijo María – Nunca aprenderás que no me gusta verte sin camisa cuando comemos.
-Está bien mujer, no te enojes.
La actividad de María era apenas evidente en la cocina. Transitaba sin ruido, colocando al momento sobre la mesa un hule coloreado, vasos, una botella. Luego trajo los platos y una fuente con comida.
Miguel tomó un trozo de pan, lo abrió y dentro colocó un trozo de carne.
-¿No te podes sentar a la mesa? ¡Siempre lo mismo!
-Comienza el noticiero y espero que te calles. No me jodas cuando quiero escuchar.
El último jingle de publicidad preanunció que comenzaba el noticiero. Primero las noticias oficiales, luego algunos reportajes a economistas que repetían las mismas cosas de otros economistas que habían sido reporteados ayer, o antes de ayer o hacía un mes. Miguel se sirvió otro vaso de vino.
-Seguí, más y más vino. ¡Sos un borracho!
-No jodas María, que vienen las noticias policiales. ¡Cállate!
“En la intersección de General Flores y Domingo Aramburú – dijo un atildado locutor de vos ronca - un ómnibus del recorrido urbano, luego de realizar una brusca maniobra, se fue sobre la vereda atropellando al matrimonio de Miguel González y María Martínez de González. La señora falleció en el acto y el señor González, cuando era trasladado a un nosocomio. El conductor del rodado se encuentra detenido”
Se hizo un largo silencio. Ya no importaba lo que seguía contando el locutor. Miguel y María parecían congelados frente al aparato. La mujer atinó a decir:
-¿Oíste bien, somos nosotros los muertos?
-Es una equivocación. Se llaman igual. González y Martínez son muchos los que hay – dijo Miguel sin cambiar de posición, agregando- Ni parientes son.
Luego Miguel pensó en la tontería que había dicho, afirmando que era una equivocación, como si esa palabra tuviera valor para una cosa así. Era más bien un disparate, algo para la risa. Un chiste macabro.
María pareció tranquilizarse. Sin embargo su actitud no fue la misma. En sus oídos seguían resonando las palabras del locutor que había marcado el destino final de dos personas: Miguel y María.
-Pero Miguel, si pasamos por esa misma esquina.
-Fue ayer, cuando fuimos a cobrar a la Caja- ¿Tenés algún hueso roto, te duele algo, te reventó un ómnibus contra una pared, estás metida en un ataúd? Me parece que no ¿verdad? Estamos comiendo y viendo televisión, no muertos. Así que quédate tranquila. Parece increíble que te preocupe algo así, que otro González y otra Martínez, de los miles que hay, mueran atropellados.
Miguel hablaba como molesto por la preocupación de su mujer. Mientras la miraba con dureza, se sirvió algo más de vino y dijo:
-¿Querés que llame a la funeraria, así nos entierran mañana? Podremos elegir el ataúd, el cementerio y hasta la empresa que nos haga el servicio. Si estamos muertos, ¿no sería lo mejor?
-¡Pero Miguel!, hablaron de que estábamos muertos. Lo dijeron por televisión y ahí no se equivocan. Habrán tomado los datos de la Policía y ellos tampoco se equivocan. Algo está pasando. Le voy a rezar a la virgen para que me ayude. Tengo mucho miedo, quiero saber lo que pasó.
Lánguidamente, habían transpuesto la medianoche mientras seguía brillando frente a ellos el rectángulo alienante. Se aplacaban fuera todos los demás sonidos. Solo se destacaba algún desafinado bocinazo que parecía multiplicarse a la distancia o algún escape ruidoso de automóvil. Comenzaba a llover y todo parecía estar cambiando esa noche, la noche en que se había anunciado la muerte de Miguel y María.
-Miguel, no quiero que estés muerto. Te quiero tanto.
-Yo también, mi querida…
Desde afuera se oía como en sordina el ruido del agua que caía, canalizada desde el techo por un grueso caño que dejaba estallar un chorro en las baldosas del patio. Los ruidos del ámbito se apagaban y se multiplicaba la soledad del silencio. El televisor había dejado de trasmitir y la estática producía ruidos que parecían boces roncas. El tic tac del reloj amplificaba su sonido, mientras a la distancia gimoteaba un niño.
Miguel y María se habían quedado absortos frente a un destino que los incluía en un descenlance, pero que a la vez los excluía sin una explicación válida. Miguel recordó que en ocasiones se daba por muerto a alguien que estaba vivito y coleando. Incluso sabía de las flores mandadas a tipos cuyos nombres coincidían con el de algún finado. Pero en este caso, sin duda – como en sacar la lotería – ocurrían hechos fortuitos. Y por ello era lógico que María estuviera impresionada.
Ahora, el aullido del viento hacía golpear en los vidrios de la ventana los goterones de la lluvia que se ponía más y más intensa. La noche los tragaba y con ella aparecía y desaparecía un mágico ámbito, lleno de fantasmas, extraños sonidos, formas que cambiaban y se diluían. Todo en medio de esa aplastante desdicha que produce la aproximación a la insondabilidad de la vida y de la muerte.
-¿Esto será la muerte? – dijo María con voz sorda.
-Basta de tonterías. ¡Basta de tonterías!, mujer…
-¿Cómo sabes que esto no es la muerte? Todo se está acabando, solo se escucha el ruido de la lluvia y al viento. ¿Percibís algo humano? Tengo miedo, Miguel, de estar muerta, de no saberlo. ¡La muerte puede ser así!
Miguel en esa oportunidad no contestó también impresionado por la oscuridad de la noche y de la vida. No había en la enorme ciudad nadie que se ocupara de ellos, a quién le importara su destino, su muerte. Nadie había golpeado a la puerta luego que se diera la noticia. Nada había en la inmediatez del destino, en esa mediocridad que se multiplicara enormemente luego de la jubilación. Pero él siempre había tenido fe en la vida, la que era una fiesta. Esas pequeñas cosas que podía concretar. Por ejemplo arreglar las plantas del jardín o mirar envejecer a María.
El tema de la muerte se lo había planteado algunas veces, especialmente después de su segundo infarto. Nadie daba una moneda porque superara el trance. Sin embargo, luego de la terapia intensiva, todo siguió adelante.
María era una espléndida mujer, pero tenía esas cosas raras cosas… ¿Ingenuidad?, seguramente que sí.
Miguel tomó su último cigarrillo, hizo una bola con la cajilla. Las cenizas se diluían antes de caer sobre el enorme cenicero de cristal que María había comprado alguna vez. Todo estaba como detenido, congelado en un punto de la noche. El mundo ya no giraba, el viento no aullaba, la lluvia había dejado de mojar y los otros hombres y las otras mujeres no existían, desaparecidos junto con todos los sonidos. El hombre se miró la mano, desdibujada en la semioscuridad y vio que la mujer estaba como envuelta en un halo mágico, con un humo mágico que aclaraba su contorno.
Se levantó lentamente, apagó el televisor que sólo trasmitía las rayas horizontales de la estática y lentamente se acercó a María, ayudándola a ponerse de pie.
-No te preocupes más mujer, mañana en el noticiero, seguramente dirán si estamos muertos o no.
Carlos Santiago (1984)




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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Beatriz dijo
Muy bueno, excelente!!!!
30 Abril 2006 | 01:08 AM