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Bitácora de Charly

Un caminante incansable en busca de la verdad y un trabajador por la felicidad colectiva

3 Mayo 2006

Homero Alsina Thevenet: Retrato de un intelectual ejemplar

por Tomás Eloy Martínez

La última vez que vi a Homero Alsina Thevenet fue en un café de la
avenida 18 de Julio, en Montevideo, en abril de 2004. Tenía ya 82 años
y la misma velocidad intelectual de cuando lo conocí, a fines de los
años 50.
Caía la tarde y él se dejó llevar por una inusual melancolía. "Nos
vemos pronto", le dije, incurriendo en un lugar común. "Quién sabe",
me respondió, con su acidez de siempre. Después, citó a Borges: "Quién
nos dirá de quién, en esta casa,/ sin saberlo nos hemos despedido". Me
aparté de él con el presentimiento de que no volvería a verlo y, desde
entonces, no he dejado de pensar en todo lo que le debo.
Cuando me dijeron que había muerto, el 12 de diciembre de 2005, quise
escribir de inmediato algunas líneas que lo recordaran, pero una
enfermedad de diagnóstico confuso me llevó de un hospital de Nueva
Jersey a otro en Boston. Las semanas fueron pasando. Fuera de un
admirable texto de Sábat –que conocía a Homero muy bien– y de otro que
le dedicó una de sus discípulas, Gabriela Esquivada, no he leído nada
que fuera digno de él. Tampoco creo que las historias con que voy a
evocarlo en esta página alcancen a hacerle justicia.
Homero Alsina Thevenet fue uno de los mayores intelectuales de América
latina y el más admirable de sus críticos de cine. Los párrafos que
siguen tienden a demostrarlo.
A fines de la primavera en 1958, escribía yo reseñas cinematográficas
en este diario. Trabajaba cada texto con aplicación, comparando mis
juicios con los que encontraba en las revistas de moda, que por
entonces eran Cahiers du Cinéma y Sight and Sound. Uno de mis colegas
(creo que Rolando Fustiñana, el fundador de la Cinemateca Argentina)
me recomendó que más bien leyera a Homero Alsina Thevenet en El País
de Montevideo.
Los diarios uruguayos llegaban a las tres de la tarde a un quiosco de
la esquina de Corrientes y Maipú y se agotaban a las tres y media.
Nunca olvidaré el estado de absoluto deslumbramiento con que me
acerqué al primero de los textos que Alsina firmaba, invariablemente,
con sus iniciales, HAT. Era una presentación breve de Signora senza
camelie, la película que Michelangelo Antonioni había realizado en
1953, que aún no se conocía en Buenos Aires. En cada línea había un
dato, una ubicación de la obra en el contexto del nuevo cine italiano
y un análisis minucioso de sus aportes visuales y dramáticos. Nunca
había aprendido tanto de un artículo tan breve y pocas veces en la
vida se me volvió tan transparente el horizonte infinito de lo que
ignoraba.
Desde entonces me convertí en un adicto de El País y de todo lo que
apareciera firmado por HAT. Salía a las tres menos cinco de las salas
de estreno (que entonces quedaban a pocos pasos, en el extremo este de
la calle Lavalle) para comprar mi ejemplar del diario uruguayo antes
de que se agotara. Estudiaba los textos de Alsina con devoción de
catecúmeno. Dialogaba con él, disentía, me peleaba con sus ideas como
si se me fuera la vida.
Cuando lo conocí, en el festival de Punta del Este, a fines del verano
siguiente, me sentí amedrentado por sus filosos comentarios verbales y
por su erudición inagotable. Sabía tanto y hablaba de lo que sabía con
tanta naturalidad, sin ostentación, que el cine parecía moverse a su
ritmo, y no a la inversa. Fue la primera vez (acaso la única) en que
conocí a un crítico que se desplazaba por su disciplina con más
fluidez que los creadores.
Poco a poco nos fuimos haciendo amigos. En 1965, cuando yo dirigía el
área cultural de la revista Primera Plana –que marcaba por aquellos
años el paso de las modas y gustos latinoamericanos–, me pareció que
la experiencia iba a resultar incompleta si Homero no tomaba a su
cargo la crítica de cine. Me costó mucho convencerlo de que emigrara
de Montevideo a Buenos Aires. Si la memoria no me falla, creo que lo
conseguí en el aeropuerto de Carrasco, durante alguna de las muchas
escalas que tenían los viajes de entonces.
No sé si Homero fue feliz durante aquel final de década. Sé, en
cambio, que Primera Plana era mejor cuando aparecía un texto con sus
mitológicas iniciales.
Reencontré a Homero en 1971, cuando otro semanario, Panorama, me hizo
volver desde Europa para que dirigiera un equipo en el que ya estaba
él como jefe de redacción. De aquellos meses tumultuosos no recuerdo
otra felicidad que la de verlo imponiendo la disciplina de la
inteligencia y del rigor en una revista desorientada por una realidad
que todos los días se levantaba de otra manera.
En la biblioteca que he llevado de un lado a otro por el mundo, tengo
siempre al alcance de la mano las obras completas de Alsina, que
pueblan un anaquel entero y que son, sin duda, menos de la mitad de lo
que ha escrito.
Con frecuencia releo las Vidas torcidas, que asoman en su Segunda
enciclopedia de datos inútiles, o los apasionantes azares de los Oscar
tal como los narra en Cine sonoro americano. Cada vez me sorprendo
ante la habilidad con que él conjuga datos dispersos y los baraja en
un haz narrativo que se parece a las novelas.
Nada de lo que he escrito refleja, sin embargo, la ternura y la
solidaridad que fluían por debajo de la incansable ironía de Homero y
de sus frases tajantes. Una errata lo sacaba de quicio; una palabra de
más le parecía un derroche.
Para describirlo mejor hay que recurrir, quizás, a una de las
historias menos divulgadas de su vida. Hacia 1964, publicó, junto con
su amigo Emir Rodríguez Monegal, un estudio tan exhaustivo como
inhallable sobre el cine de Ingmar Bergman, a quien ambos habían
descubierto antes que nadie una década antes. En 1978, Rodríguez
Monegal –que era entonces profesor en Yale– publicó en inglés su
famosa biografía literaria de Borges y pensó que nadie podría
traducirla al castellano mejor que su viejo amigo.
El lenguaje de la obra era llano y, a la velocidad de rayo con que
trabajaba Alsina, la versión debía estar lista en seis meses, a lo
sumo diez. Tardó casi nueve años. Muchas de las citas de Borges habían
sido tomadas por Rodríguez Monegal de revistas arcaicas, traducidas al
inglés en fichas dispersas. Los originales se habían perdido en el
trasiego de los viajes y Homero se negaba a retraducir a Borges del
inglés, algo que cualquier profesional menos escrupuloso hubiera
hecho. Recorrió bibliotecas, colecciones privadas y librerías de viejo
hasta dar con cada uno de los textos originales, por liso y llano
respeto al lector.
Después de su largo exilio en España, Alsina Thevenet creó en
Montevideo, con medios precarios, un suplemento cultural para el
diario El País que sigue siendo uno de los mejores de América latina.
El ya no está allí, pero quién podría estar seguro de eso. Me han
contado que nadie quiere sentarse en su silla, por las dudas. Tienen
razón. El día menos pensado, Homero –que lo corregía todo– puede
regresar a corregir su propia muerte, que fue inesperada y, por lo
tanto, imperfecta.

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logo Nombre: Carlos Santiago. Fecha de Nacimiento: olvidada Profesión: periodista y escritor. Una persona que quiere estar comprometida con la libertad y particularmente la que me "impongo en cada una de mis notas periodísticas" Como escritor me gusta volar, caminar por un mundo imaginario, en el que me sumerjo con pasión, involucrándome con mis personajes que generalmente me llevan de un lado al otro sin respetarme en lo más mínimo. En lo formal estoy preparando algún nuevo libro, tarea de siempre - casi eterna - y en lo menos etéreo, integré la mesa de la secretaría de redacción del diario LA REPUBLICA de Montevideo. También la secretaría de redacción del suplemento Bitácora (http://www.bitácora.com)
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"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA). Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina). Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas) Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy) Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)  Bitacoras.com

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