Compartiendo otro cuento
Contornos imprecisos
"Veo allá lejos una ciudad, ¿es a la que te refieres? Es posible,
pero no comprendo cómo puedes avistar una ciudad, pues yo
sólo veo algo desde que me lo indicaste y no son más que
algunos contornos imprecisos en la niebla”
Kafka
El mundo, mi mundo, había terminado cuando lo supe, cuando resolví que los lazos de la sangre son solo elementos, uno más, entre los miles que nos enmarañan la vida, haciéndonos escapar de la realidad. Por eso René tenía que desaparecer, era un acto de liberación que, sin embargo, ahora me parecía tan pueril como inútil.
Esa noche que había oscurecido a la ciudad, llenándola de fantasmas, me tragaba, mientras caminaba junto a la pared de las viejas casas que finalizan frente al río, tratando de comprender las motivaciones de mis acciones que, hasta hace un rato, me parecían coherentes y firmes. Todo estaba lleno de magia y parecía que volutas de humo ornamentaban el aire.
El plan lo urdí rápidamente, cuando supe que no era mi padre. Esa vergüenza que le coloreó el rostro y luego las palabras que escuché tras la puerta cuando creían que me había ido. Reproches que nunca hubieran saltado con tanta intensidad.
René lo explicó todo, me lo explicó.
Me di cuenta que mi odio era justo, especialmente cuando mis senos estaban comenzando a reventar en mi pecho y René observaba el proceso con ojos –ahora comprendo –en los que se dibujaba el deseo. Luego esa agresividad a toda hora, especialmente cuando tenía que realizar cualquier actividad callada y absorta, cuando comencé a salir con muchachos y Francisco, por primera vez, vino a buscarme.
Mi odio era justo, y claro, ante todo aquello no había otra solución que la definitiva. No podía, además, comprender el motivo oscuro por el que, de vez en cuando, me asaltaba la idea fácil, egoísta, de adoptar como solución el atajo de mi propia vida.
Ya hacía frío y la rambla, ancha y desierta, iluminada a pleno por una hilera interminable de lámparas pendientes de largas columnas que se inclinaban, como cansadas, hacia la calle, me parecían elementos de un mundo lleno de sombras que, a cada paso, podían lanzarse sobre mí, en esa noche, la última.
Me faltaban dos cuadras para encontrarme con él, en una de esas salientes, como plazas rodeadas de murallas, que se levantan sobre el río, al terminar la bajada del templo. Mi paso fue endenteciéndose mientras me acercaba. Subí los escalones y allí lo encontré, sentado en una de las aberturas que dan al agua, fumando pausadamente un cigarrillo.
Lo besé, retorciéndome de asco. Su lengua se incrustó sobre la mía y allí me di cuenta que lo había comprendido todo. Sabía bien que yo había escuchado. Podía sentir a través de ese beso, de esas manos que habían acariciado tantas veces el cuerpo de mi madre, que no estaba equivocada. Su deseo contenido largo tiempo hoy estallaba en esa agresiva forma de tomarme. Y vinieron sus urgencias arrastrándome hacia el auto.
En el ambiente inundado por el calor de la calefacción repasé mis ideas. Esperaría que me llevara al departamento, donde estaba la oficina, en aquel rincón de la plaza. Sabía que ese sería su itinerario, su reacción. Años y años deseándome, espiando mis intimidades, avergonzándose ante la posibilidad de que mi madre se diera cuenta de algo. Por años lo había sabido, así actuaría, en cuanto supiera la verdad. Lo que nunca imaginó es que no sería él quién tomaría la iniciativa, el que sugeriría e incitaría día tras día. Lo hice yo, para luego comenzar a mostrarme, llenando sus ojos de sucia pasión.
Ahora todo estaba llegando a su fin.
Quería verlo sufrir, como él lo había hecho conmigo, especialmente en mis relaciones con Francisco. Luego, cuando comencé a rodar, con sus continuas agresiones. No toleraba que fuera de otro, especialmente que mi vida no estuviera enganchada a los vínculos supuestamente de sangre. “La familia”, repetía hasta el cansancio, hasta mi cansancio.
El camino se hizo largo, me pareció al menos. Entramos abrazados por el oscuro pasillo y nuevamente me besó en el ascensor. Su boca sabía a tabaco ordinario, su cuerpo era feo, adiposo, su cara llena de años. Y allí estaba yo cumpliendo, paso a paso y sin vacilaciones, el bárbaro ritual.
Dentro, tan sólo al cerrar la puerta, comenzó a desnudarme, besándome con una pasión insatisfecha por años, llevándome a empellones al dormitorio, donde lograría ganar su mundo. Yo tenía que esperar que el vendaval pasara y se durmiera, comenzando el monótono ronquido que, durante tanto tiempo, me despertó en la noche.
El cianuro lo tenía en la cartera y se lo vertería por su inmunda boca abierta. Mil veces lo había observado y sabía que siempre adoptaba la misma posición para dormir. Mientras tanto había que jadear, envuelta en su sudor maloliente, y decir mil atropelladas palabras. El tener presente que todo mi martirio de años acabaría muy pronto, me hacía aguantar el asco de ese inmundo cuerpo que se movía sobre mí.
Ahora el cigarrillo, que luego tiraría a los pies de la cama, el sueño y su boca abierta. Allí estaba.
Rápido me levanté, tomé el frasco, me acerqué y, sin dudarlo, lentamente comencé a verter el veneno. Primero tosió, para enseguida despertarse y toser más fuerte, mirándome con ojos en que se reflejaba el horror. Lo vi retorcerse como una alimaña, lo vi ensuciar las sábanas con sus excrementos, lo vi morir.
Una única imagen antes de dormirme. Luego me hundí rápidamente, supongo, con una sonrisa entre los labios, en ese sueño denso, profundo, negro, como un mar inmenso y tibio, sin imágenes, sin palabras, sin pensamientos.
Ahora había que caminar, era inexorable, no quedaba otro camino que el de pensar una solución para pagar esa pesada culpa que me carcomía. Me faltaban dos cuadras, mi paso fue más lento mientras me acercaba.
Subí los escalones y allí lo encontre.
(Carlos Santiago, 1981, publicado en "Contornos imprecisos y otros cuentos!. libros del Astillero, 1983)




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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locaporlaluna dijo
me impresionó, pero está tan bien armado que no pude quitarle los ojos hasta el final
estaré atenta al próximo cuento, me estoy volviendo fans de esta faceta de Charly
22 Mayo 2006 | 12:50 AM