Bordaberry-Michelini: un extraño fenómeno mediático
El vaho pestilente del 70
Por CARLOS SANTIAGO (*)
Una conflagración como la que ha estallado en los últimos días, por lo menos a nivel de medios y “opinadores” de distintas tendencias, con expresiones también subterráneas con amenazas a periodistas, es realmente novedosa por su virulencia. Un vaho extraño, pestilente y peligroso para la sociedad que comenzó a merodearlo todo. El recuerdo de lo ocurrido en los años 70 ha movilizado a la gente hacia un lado y otro, creándose una división que parece ahondarse en cada titular y ha convertido a la política en un escenario de lucha libre.

Hace muchos años que una parte de la sociedad uruguaya no se dividía con tanto apasionamiento sobre un tema que tuvo como vector inicial al programa de Canal 10, Zona Urbana, donde el ex ministro de Turismo, Pedro Bordaberry, utilizando todo tipo de recursos trató de defender a su padre, el ex dictador Juan María, que podría ser pasible de un procesamiento con prisión por el delito de “atentado a la Constitución”, pero que también es acusado por los asesinatos de Zelmar Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz.
Los análisis que se hacen comienzan en un cuestionamiento al “mensajero”, el programa Zona Urbana, al que se acusó de complicidad con Bordaberry, en “ayudarlo” a armar la defensa de su padre, colaboración en un mensaje mediático que –de ser así– le estaría haciendo el juego a los personeros de la dictadura. Un razonamiento, más que simple, pero que tiene elementos objetivos en contra.
Y uno de ellos es que el periodista Alvarez, en la primera parte del programa, “apretó” a Bordaberry hijo de tal manera, que dejó en evidencia para la opinión pública que no existe defensa posible al cargo que se la hace a Bordaberry padre, de haber violado la Constitución de la República cuando firmó los decretos decidiendo la disolución de las Cámaras.
La segunda parte el enfrentamiento entre Bordaberry y Michelini, en la cual se introdujo el tema de los asesinatos en Buenos Aires, con la aparición de las grabaciones “clandestinas”, es harina de otro costal. Primero aparecieron las grabaciones calificadas como clandestinas. Pero, ¿qué son “grabaciones clandestinas”?¿Las “cámaras ocultas” que utilizó la propia Zona Urbana y muchos otros programas, las escuchas telefónica que utiliza la policía (con la orientación, se dice, de la DEA y autorización del juez) para aclarar el tráfico de drogas y el lavado de activos provenientes del narcotráfico, el análisis que se hace en algunos centros especializados del primer mundo de cuanto mensaje electrónico circula en Internet, la grabación que realiza cualquier periodista cuando entrevista telefónicamente a una persona, las cámaras que se colocan en algunas esquinas para vigilar a los transeúntes, etc.?
Dejando de lado que Bordaberry es el hijo del ex dictador ¿es ilícito que en ese panorama tan deshilvanado, una persona con ese rango de parentesco haga lo posible o lo imposible por defender a un padre de la acusación más grave que se le hace, imputándosele responsabilidad en el asesinato de Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz? ¿Y que para ello utilice un mecanismo poco ético pero habitual tanto en nuestro medio como en el nivel internacional? Sobre el tema que nadie se chupe el dedo. ¿O no hay jerarcas que tienen grabadores en sus despachos y obtienen la palabra de todas las personas que reciben?
Aquí sí Zona Urbana mostró otro pefíl, porque evidentemente la producción del programa se puso al servicio del show mediático de Bordaberry, porque ni Michelini llegó expontáneamente al programa impulsado por la exposición del hijo del dictador, ni Gonzalo Fernández se escudó en el silencio. De acuerdo a lo sabido fueron buscados expresamente para que participaran. Por supuesto el secretario de la Presidencia no estaba en el país para dar respuesta, pero conociendo su idiosincrasia es dificil que hubiera aceptado participar en ese “circo“ televisado. Michelini, en cambio, estimó conveniente hacerlo y por ello pagó un alto precio.
Lo más fácil en todo esto es perder la objetividad, politizando el asunto, sumarse a los coros salvajes a favor de unos y de otros, asignando apoyos en la derecha o izquierda a cada uno de los enfrentados en Zona Urbana cuando, en definitiva, no fueron más que dos hombres conflictuados por una situación tremenda que se entronca en el peor pasado del país, uno de ellos con la carga de que su padre fue asesinado, que busca la verdad y el castigo de los culpables, y el otro, que tiene todo para perder, hijo del presidente que dio el golpe de Estado, pero que es juzgado también por un hecho diferente, un asesinato político llevado a cabo, quizás, por un grupo de mercenarios dirigidos por el mega asesino Aníbal Gordon que actuaba en coordinación con los militares uruguayos.
Que el choque mediático haya sido duro, violento, inusual para las costumbres políticas uruguayas, en que los contendientes tenían un objetivo para ellos más trascendente que el de la consolidación política personal, ha descolocado a muchos que siguen midiendo solo las ganancias o las pérdidas producidas eventualmente a nivel de la opinión pública, sin ingresar en sus análisis otras consideraciones diferentes. No comprenden que ese punto no estaba en juego. El futuro político de ellos se definirá, en todo caso, por añadidura, con el devenir de los acontecimientos y no como consecuencia de jugarse capitales políticos –alguno de ellos explícitamente– a los que ya había renunciado.
Bordaberry, sin duda que es el que tiene todo para perder, porque su causa es muy difícil de remontar. La violación a las normas constitucionales por parte de su padre fueron más que evidentes y dramáticas, además, durante su mandato ocurrieron hechos gravísimos, incontables muertes y asesinatos políticos sin aclarar, casos de torturas, desapariciones, etc.
Personalmente recuerdo al viejo socialista José Pedro Cardoso, que junto con un grupo de dirigentes frenteamplistas (los otros eran Francisco Rodríguez Camusso y el general Arturo Baliñas), luego de largas gestiones lograron entrevistarse con quien todavía era presidente constitucional, para reclamarle por hechos de tortura que se sucedían a todo nivel en el país.
Cardoso contaba que en aquella entrevista encontraron a un hombre soberbio, imperturbable, que no admitió ningún tipo de revisión de lo que estaba ocurriendo. El resultado del encuentro (que ahora, en el correr de estas líneas no podemos fijar con propiedad en el tiempo), largamente esperado, fue totalmente negativo.
Bordaberry se negó a toda acción para cambiar aquel brutal estado de cosas que estaba degradando al país, deshaciendo cuerpos, tratando de quebrar almas. “Me pareció –decía Cardoso– que no nos entendió, que su visión del país era la de Dios y el demonio, “hay que limpiarlo de todo lo malo –nos dijo– y para hacerlo está todo autorizado”.
Ese hombre descripto de esta manera, a más de treinta años, cuando debe enfrentar la Justicia, es muy difícil de defender por más que estimemos como esencial que, en todos los casos, se cumplan todos los extremos que marcan las normas. La cruzada que ha iniciado su hijo es como la de trepar, sin el entrenamiento adecuado, al Aconcagua. Una tarea imposible que además –luego de lo ocurrido en Zona Urbana– ha determinado alineaciones nuevas, detonándose una polémica que provocará nuevos claros y oscuros, pero que en primera instancia, parece mostrar cómo se va deteriorando el frente colorado que, antes, parecía estar consolidado en su alrededor, por más que en la Convención del pasado sábado se haya aplaudido su nombre.
Tampoco surge como evidente una consolidación de la derecha en torno a Bordaberry. Más bien aparecen –eso sí– elementos en el marco de toda la sociedad, más que preocupantes, con lo peor del vaho pestilente del 70, que ahora parece renovado y que muestra divisiones, intransigencias, agresiones, amenazas a periodistas, lo que no admite diálogos, apareciendo en algunos personajes posiciones intolerantes, actitudes revanchistas, que son graves cuando ocupan el lugar de la necesaria normalización que aparecerá cuando termine la actual excepcionalidad en que los peores delitos no han sido castigados.
Una normalización de la sociedad debe ser el correlato de la verdad y la justicia. Una normalización –y en eso coincidimos con Guillermo Chifflet– que no admite componendas.
(*) Periodista.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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