Art Buchwald: Hasta la muerte tuvo que reír
Murió un gran hombre y un notable profesional del periodismo que no quiso sobrevivir en el sufrimiento de sus males que le cuestionaban la calidad de su existencia y, resolvió abandonar un tratamiento de sostenimiento renal que lo mantenía vivo. Quién no recuerda a Art Buchwald, a sus notas informadas, cultas, siempre bañados en una mirada humorística que le otorgaban, sin duda, mayor elocuencia a su discurso. Encontramos en el diario El Observador de esta mañana este perfil de Art Buchwald, realizado por el periodista Eduardo Espina. Que mejor cosa para homenajear a este magnífico colega que ya no está entre nosotros, pero que desde algún lugar debe sonreír luego de lograr escapar concientemente a las últimas alternativas de la decadencia humana, que lamentablemente e indefectiblemente nos trae la vejez.

Por Eduardo Espina (*)
El columnista que en medio de una gran depresión anímica decidió no suicidarse porque pensó que el New York Times no publicaría la noticia, dejó el miércoles su espacio en la vida vacío. A los 81 años murió Art Buchwald. La noticia de su muerte, debida a problemas renales, fue publicada en todos los buenos diarios del mundo. Hoy toda esta página es para él.
Haciendo honor a su nombre, Art, Buchwald hizo del género crónica periodística un arte, y del humor uno de los ingredientes principales del gran periodismo. Si los medios escritos, diarios y revistas, pretenden sobrevivir la competencia de Internet que tanto los está afectando, deberán dejar de recurrir a información chatarra proveniente de la farándula y a no depender exclusivamente de información política y económica: deberán privilegiar únicamente los artículos bien escritos, esto es, publicar solo aquellos que puedan tener vida más allá de la brevedad del instante.
Tal como el inglés William Hazlitt, el español Mariano José de Larra, y el estadounidense E.B. White, Buchwald fue uno de esos raros escritores que ayudaron a convertir al ensayo periodístico en uno de los géneros literarios más interesantes y originales de la época moderna. El único formato de diario que sobrevivirá en el futuro (un futuro mucho más inmediato de lo que pensamos) será el que publique únicamente columnas, opiniones y comentarios bien escritos, con estilo. Para el resto, incluidas las primicias, quedarán Internet, la radio y la televisión. Buchwald tuvo esto claro desde el principio, desde que empezó a escribir para diarios y revistas, por lo que todas sus columnas de nunca de más de 600 palabras (fue maestro de la brevedad) pueden leerse como si fueran las páginas de un largo libro que esta semana dejó de ser interminable.
Buchwald (y quienes lo leyeron saben a qué me refiero) podía hacer de cada situación cotidiana, incluso la más insignificante, motivo propicio para ejercer un humor lúcido, inteligente, adictivo. Cuando hace un año le diagnosticaron que sus riñones estaban fallando y que la única manera de continuar vivo era hacerse diálisis cinco horas al día tres veces por semana, Buchwald prefirió entregarse a la enfermedad, argumentando que había vivido muy bien y que no quería cambiar ese estilo por una vida a medias. Extrañamente (los médicos no saben por qué pudo mantenerse tantos meses con los riñones casi sin funcionar), Buchwald sobrevivió más de lo previsto, incluso paso los últimos meses con un panorama mejor del presentado por los médicos. Tanto fue así, que éstos lo dejaron regresar a casa de su hijo, donde murió el miércoles de noche tranquilamente, rodeado de su familia. Cuando se enteró que el fin era próximo grabó un video donde habla sobre su propia muerte, el cual puede verse en el sitio del New York Times, http://www.nytimes.com. Al comienzo del mismo aparece diciendo “Hi, I´m Art Buchwald, and I just died” (Hola, soy Art Buchwald y acabo de morir).
Meses atrás, cansado de esperar en vano el fin que tanto había sido anunciado, Buchwald dijo que no le temía a la muerte y que por el contrario la estaba esperando con alegría, agradecido porque le había permitido tener una existencia sin interrupciones. Incluso después que debieron amputarle una pierna tuvo tiempo de terminar otro libro, Too Soon to Say Goodbye (Demasiado pronto para decir adiós), en donde no es la muerte la figura temida, sino la vida la figura celebrada. Su único temor era morir el mismo día que Fidel Castro. Pero el viernes las portadas fueron todas para Buchwald y su muerte anunciada y por tanto tiempo postergada. Hasta en esto tuvo razón cuando escribió: “Moriré de una forma que pocos se pueden dar el lujo de tener”.
Por cuatro décadas Art Buchwald fue posiblemente el columnista más divertido del periodismo mundial. La razón de su éxito, como en la de todos los grandes escritores, es que no se tomó la vida con más seriedad de la necesaria. Supo reírse con sabiduría del mundo pues primero, como ejercicio de salud mental, sabía reírse de sí mismo, mirarse en la intimidad de su satírica visión. Dos autobiografías, una obra de teatro, dos novelas y más de 20 libros recopilando sus columnas, forman su legado literario. Lo mismo que los grandes escritores del género que sea, la obra de Buchwald está llena de frases geniales, esas luego llamadas célebres y que en tantas ocasiones sirven para salvar una circunstancia, como esta: “Morir no es difícil, lo que es difícil es pagar las cuentas del funeral”.
Con su cigarro y su sonrisa, esa que conservó hasta el final y que le valió en el hospital el apodo de “El hombre que no sabía morir”, la imagen de Buchwald fue complementaria, hermana siamesa, de sus crónicas, tan sagazmente divertidas, en las cuales siempre destaca la abundancia de vida, de entusiasmo ante las situaciones de la realidad que pueden vencerse con palabras, o al menos ser mejoradas por éstas. La inteligencia siempre tiene afinidad con el humor, sobre todo cuando es apaleada por la vida diaria. “El humor, dijo, es la mejor forma de terminar empatado con la realidad”.
Como tantos grandes en esta maravillosa profesión, la de llenar páginas siete días a la semana, Art Buchwald, quien obtuvo el Premio Pulitzer en 1982, nunca terminó la universidad. Apenas empezó la abandonó pues dijo que le impedía leer los libros que quería leer. Todo lo aprendió en la universidad de la calle, no del vagabundeo, sino mediante el rigor intelectual ejercido con total libertad. Se fue a Europa a fines de la década de 1940 y consiguió que la revista Variety comenzara a publicar sus crónicas desde París. Luego lo contrató el New York Herald Tribune para que escribiera la columna Paris After Dark, en la cual informaba sobre detalles, la mayoría de ellos insólitos, de la vida nocturna en París. Una síntesis de estas piezas de observación puede encontrarse en su libro I´ll Always Have Paris! (Siempre tendré París), de 1996.
Las crónicas desde París fueron el comienzo de una ilustre carrera que tanto la inspiración como la insistencia hicieron perdurable, inobjetable punto de referencia. En 1962 se instaló en Washington, a pocas cuadras de la Casa Blanca, donde convirtió sus columnas en mirador para ejercer una visión corrosiva, nunca cruel, de la vida política estadounidense. Se rió de todos los políticos, logrando su objetivo, esto es, enojarlos a ellos y deleitar a sus lectores. En cierto momento sus crónicas llegaron a ser publicadas en 500 diarios del mundo, entre otros el Washington Post. Y, como pocos periodistas, consiguió la distinción intelectual posiblemente más importante en este país: en 1986 fue elegido miembro de la Academia Americana de Artes y Letras.
Buchwald tuvo una infancia difícil. Luego que su madre fue internada en un hospital psiquiátrico (sobrevivió allí por 35 años sin nunca volver a ver a sus hijos) y que su padre se declarara insolvente para mantener a la familia, Art fue enviado, junto con sus tres hermanas, a un orfanato. A los 17 años se escapó para alistarse en el ejército, donde pasó tres años y medio, en plena segunda guerra mundial. Su vida cambió cuando estando en el Pacífico con la fuerza naval descubrió que quería ser reportero. El descubrimiento lo hizo feliz, y en esa felicidad (también una fidelidad) se mantuvo toda la vida, hasta que la muerte dejó solas a las palabras.
(*) Publicada por El Observador de Montevideo.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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