Cuando fuimos ''livianos'' con la democracia

Has de ser austero, sobrio; comedido en el hablar; templado en el escribir, porque la pluma se va y escrito queda lo escrito, que nunca podrás tachar.'', decía el pensador Antonio Agraz al referirse a las viscicitudes del escritor, periodista, que deja estampado de manera indeleble, en negro sobre blanco cada una de sus inteligencias y contradicciones.
Una actividad que, por lo tanto, está expuesta a los demás, que muestra la desnudez del hombre frente a la sociedad y que, por lo tanto, requiere compromiso y responsabilidad. Y, para no quedar pegado como un pavo real envinado para la cena de la boda, dejar de lado todo lo que signifique soberbia que, como el exceso de curry, es el que aparece en el primer bocado.
Los sabelotodos y las sabelotodas, pagadas por su soberbia, en esta tan compleja profesión siempre se quedan empantanadas en la bobería de los teclados, los heroísmos pretéritos, los comentarios previos y posteriores de las mesas de café, hablando siempre de si mismas, pero como construir, no construyen nada.
Quizás a nadie le importe que hablemos de nuevo sobre lo que significa esta tarea del escribidor - comentarista, del insignificante testigo de la esquiva realidad que, por supuesto, aparece y se esconde, pero al igual que cuando construimos ficción, lo vamos a hacer por una necesidad casi invencible.
Y mucho menos quizás le importe al lector que hablemos de quienes, erigidas en jueces, se sumen dándole apoyo intelectual, como dueñas de la verdad que se creen, casi como voz en el desierto, a los que rompen vidrios y golpean a periodistas como método para repudiar la visita de un presidente extranjero.
Claro, y como un automatismo consiguiente que les viene del pasado, se coloquen en contra de la Policía, sin siquiera reclamar de ella profesionalismo y formación democrática, que es de lo que carece, para poder enfrentar con probidad ese tipo de estupidez militantista.
Semana a semana escribimos para Bitácora una nota la que, por supuesto, nos muestra tal como somos. Aclara ante quienes nos leen nuestras flaquezas y virtudes, nuestra ignorancia supina en muchos temas y el atrevimiento inaudito de opinar con la más absoluta libertad, solos con nuestra conciencia, sin tratar de trascender, sino de trasmitir vivencias y creer que un mensaje desapasionado, reflexivo, que no haga ''juegos'' ni ''reverencias'', que le sirva en definitiva a los uruguayos que en la coincidencia o en la disidencia, pueden llegar a conclusiones dentro del juego democrático.
No cabe tampoco en esta profesión el juego de quienes se acercan a la misma con nociones vagas, con una moral inducida a no hacer daño a nadie y a trabajar, también, todo lo que se pueda a favor de la medianía incolora, insípida e indolora, que pase siempre desapercibida y peor, quienes intenten que sus trabajos sean percibidos como un sutil canto de afinación permanente.
Todo ello es un real contrasentido de las personas que han abrazado una profesión tan digna como valiosa, pero que no sirven en democracia ni a la democracia, porque no saben leer la realidad, ni les interesa hacerlo. Está claro que individuos así, no necesitan libertad alguna, pues no les interesan las libertades que los intelectuales puedan tomarse, porque o no saben leer o no leen lo que se muestra en la sociedad misma.
Es el mismo caso de quienes se manejan con esquemas, en este caso inauditamente fuera de época, que salen a la calle (¿lo harán?), con lentes tan oscuros que los llevan a visualizar la realidad como en el sesenta - setenta, cuando muchos teníamos una visión mucho más liviana sobre la vigencia de la democracia, a quienes no nos sirvieron ni siquiera visiones como la de Ernesto Guevara, aquel ''Che'', que desde el Paraninfo nos recomendó que la ''cuidáramos''
Los que usan los lentes distorsionantes son los que cumplen con creces, por lo que a ellos respecta, las previsiones de los programas del poder, son una bendición para las clases dominantes de un país y de una época. Y para ello no solo deben hacer reverencias, pueden ser la ''inteligente'' oposición que vea deficiencias en todo, como en el caso triste que nos ocupa.
''Libertad, ¿para qué clase? ¿Con qué fin?'', se preguntaba Lenin, en un texto citado y recitado hasta el infinito. Lenin no cree ''que pueda hablarse de libertad y de igualdad, en general (...) mientras no sean abolidas las clases'', como todo el mundo sabe, y llega a afirmar que ''cuánto más democrática es una república, más brutal y cínica es la denominación del capitalismo''.
Hay que restregarse los ojos cuando se leen tales afirmaciones. Vaya, que no, que una república no aumenta la brutalidad y el cinismo de la dominación capitalista cuanto más democrática sea, sino al revés: cuánto menos democrática. Por eso nos sorprenden algunas afirmaciones que niegan algunas conquistas nada virtuales obtenidas durante la gestión del actual gobierno progresista. ¿Qué le parece a nuestra colega el tema de los derechos humanos? Se ingresó a los cuarteles, se encontraron restos, se encarceló a represores por una adecuada interpretación de la Ley de Caducidad. Pero, claro, eso no es suficiente... No es suficiente, se debe seguir adelante, pero. ¿No debemos reconocer que este gobierno quebró en dos años la política de parálisis concretada durante décadas por blancos y colorados?
En una verdadera democracia, los abusos del capitalismo serían cada vez más difíciles de perpetrar. Es más, en una verdadera, democracia, el capitalismo, en lo que tiene de expoliador, opresor y alienante, se iría debilitando paulatinamente. ¿Qué ha pasado con la aplicación de la Ley de Consejos de Salarios, piedra de toque de la recuperación económica por su incidencia en la mejoría del consumo? ¿Eso tampoco hay que reconocerlo?
El capitalismo, en una verdadera democracia, moriría de muerte gradual (y natural). Lo que ocurre es que el capitalismo y su aparato de poder hacen todos lo posible para que la democracia sea sólo superficial y esté trucada.
Y aún así, aun en las democracias falsamente liberales y burdamente representativas que conocemos, aun en estas democracias imposibilitadas de serlo por vicios de origen, el capitalismo está pronto a cargarse la democracia cuando las virtualidades igualatorias del espíritu democrático comienzan la inevitable erosión del andamiaje injusto.
Finalmente, diremos, que en la más imperfecta de las democracias, como en el más perfecto de los totalitarismos, la libertad de expresión, aunque sólo puedan ejercerla unos pocos, beneficia más a la mayoría, a la totalidad de las personas, que la ausencia o negación de esa libertad. Cuando las ideas circulan con libertad, se produce la confrontación mediática, se coloca literalmente a los hombres y mujeres de gobierno en ''contra la pared'', agobiándolos de interrogantes difíciles, es cuando surge lo más importante de la comunicación.
Nada más pernicioso que el círculo concéntrico, que el creerse poseedor de la verdad eterna y, por lo tanto, despreciar, otras verdades quizás menos afinadas en su construcción intelectual. Pero de la confrontación dialéctica, sin duda, es que surge el acercamiento más cercano al núcleo de la verdad que siempre, como la cebolla, está escondido bajo varias capas que hay que levantar.
Para concluir llegar a una conclusión como la de aquel poeta: ''Loco le llaman las gentes, / loco porque a voces dice: ''Soy esclavo de mí mismo. / ¡Gracias a Dios que soy libre!''




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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