FÚTBOL PERPETUO
por Ignacio Ramonet
Director de Le Monde diplomatique, España.
Es un mes futbolero. Se enfrentan 16 selecciones nacionales, en 31 partidos, hasta la final del 29 en Viena, en el remozado Ernst Happel (antiguo Estadio Prater, usado durante la Segunda Guerra Mundial como campo de detención de judíos austríacos...). Para el autor, el fútbol es una metáfora de la condición humana. Con más perdedores que ganadores.
Austria espera la llegada de entre 1,5 y 2 millones de visitantes. ¡Un incremento del 25% de su población! Poca cosa sin embargo, comparado con los quince mil millones de telespectadores que verán la competición en sus televisores (1). Esa colosal masa de consumidores constituye el Eldorado que muchos codician. El fútbol se ha convertido en un espectáculo de pantalla. Pertenece menos al mundo del esfuerzo físico que a la esfera de la cultura de masas. Sus estrellas son las personalidades mediáticas más universales. En el reciente Festival de Cannes, el “futbolista del siglo” Diego Maradona –a quien el cineasta Emir Kusturica ha consagrado un documental– ha sido el “divo” más aplaudido.
Y Ken Loach, uno de los más prestigiosos directores cinematográficos (ganó en Cannes la Palma de oro en 2006 con El Viento que agita la cebada), está realizando, con otro jugador mítico, Eric Cantona, una película sobre los hinchas del Manchester United, vencedor de la última Liga de Campeones.
El fútbol es más que un deporte. Como dicen los sociólogos, es un “hecho social total”. Traduce la complejidad de una época. Seduce por sus reglas sencillas. Por su combinación de talentos individuales y de esfuerzo colectivo. Es una metáfora de la condición humana. Con más perdedores que ganadores. Donde no todo es épica. Los más afanosos, como en la vida, no siempre ven sus esfuerzos recompensados. Hay reveses de fortuna, fullerías, injusticias. A menudo también malos tragos y desesperación.
Asimismo, es una alegoría de la guerra (o de la lucha por la vida). Su terminología lo delata: “atacar”, “defender”, “disparar”, “contratacar”, “resistir”, “fusilar”, “matar”, “vencer”, “derrotar”. Ver un partido puede provocar ansiedad, estrés... y hasta infartos (2).
Es también el deporte político por antonomasia. Se sitúa en la confluencia de cuestiones contemporáneas como la pertenencia, la identidad, la condición social, e incluso –por su carácter victimario y místico– la religión. Con sus graderíos abarrotados, los estadios se prestan a los ceremoniales nacionalistas y a los rituales identitarios o tribales que desembocan a veces en enfrentamientos entre seguidores fanatizados.
Algunos califican al fútbol de “plaga emocional” o de “peste delirante”. Otros siguen considerando que es el deporte-espectáculo más fascinante. Aunque no ignoran sus lacras que la globalización ha agravado. Porque ésta enardece la pasión por el dinero y valoriza sobre todo los aspectos económicos.
El negocio
A propósito de la Eurocopa, los patrocinadores (bebidas, ropa deportiva, automóviles, etc.) han pagado más de 400 millones de euros. Y los derechos de difusión por televisión y telefonía móvil, adquiridos por 170 países, se han vendido por más de mil millones de euros. La FIFA dispone de un presupuesto superior al de un país como Francia, y espolea el proceso de liberalización económica del fútbol.
Adidas, Nike, Puma y Umbro inundan el planeta con sus mercancías fetiche: botas, camisetas, balones, fabricados en las zonas más empobrecidas del mundo, por obreros sobreexplotados, y vendidos a precio de oro en los países ricos. Una camiseta deportiva, que cuesta en España unos 75 euros, equivale a tres meses de sueldo de un niño trabajador de la India. El fútbol deja ver así las contradicciones y las explotaciones que singularizan a la globalización, y sus desigualdades más manifiestas.
Algunos equipos se cotizan ahora en Bolsa como cualquier valor. De modo que lo que está en juego en ciertos partidos, sin que lo sepan los aficionados ni los futbolistas, es el alza o la baja del precio de la acción del equipo-empresa. Por ambición de lucro, muchos millonarios invierten en clubes de fútbol. Sobre todo de la Liga inglesa. El más conocido es el ruso Roman Abramovich –el ciudadano de menos de 40 años más rico del mundo (13,7 mil millones de euros)–, propietario del Chelsea. O el multimillonario estadounidense Malcolm Glazer comprador, por más de mil millones de euros, del Manchester United. O el también ruso, Alexandre Gaydamak, de 32 años, dueño del Portsmouth, ganador, en mayo pasado, de la Copa de Inglaterra. El objetivo de estos inversores es el de aumentar al máximo la rentabilidad. Imitando el modelo del capitalismo deportivo estadounidense.
Resultado de esta globalización del fútbol inglés (que quieren imitar las demás Ligas europeas): los equipos británicos acaparan a los grandes jugadores. En el Mundial de Alemania 2006, la Liga inglesa aportó el mayor número de seleccionados internacionales (14%). Y los clubes ingleses han dominado este año la Liga de Campeones. Revés de la medalla: algunos de los conjuntos más célebres, como el Arsenal, no alinean a ningún jugador inglés. Peor aún, el equipo nacional de Inglaterra no consiguió ni siquiera clasificarse para la fase final de la Eurocopa.
El mercado, el dinero y la ausencia de escrúpulos están imponiendo en el fútbol la ley del más rico. Aunque –por un mes– la Eurocopa haga ilusión, el patriotismo de las marcas privadas se está imponiendo. Así lo determina la tiranía del mercado.
A veces se califica de “opio del pueblo” a la religión para subrayar su función alienante y su vocación de distraer a la gente de la explotación a la que es sometida. El fútbol tiene hoy idéntica función. Por eso la globalización quisiera condenarnos, en cierto modo, a fútbol perpetuo. Para domesticarnos. Para que nunca despertemos de la nueva enajenación. ¿Hasta cuándo?
1 En audiencia acumulada.
2 “Prueban que el fanatismo en el fútbol aumenta el riesgo cardíaco”, Clarín, 19-6-08.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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Manya auténtico dijo
El fútbol no es el opio de nada, sino la alegría. Si ese tipo no fuera francés, seguro que era hincha de los bolsos.
22 Junio 2008 | 12:03 AM