Compartiendo un cuento
1)
“Varios siglos antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban júbilo de vivir.
En el 66 bajamos a las tumbas etruscas y vimos las pinturas. Había amantes disfrutándose en todas las formas, gente comiendo y bebiendo, escenas de música y celebración.
Los que como yo habíamos sido católicamente preparados para el dolor, se quedaban bizcos ante este cementerio, que era un placer” (**)
2)
Comprar la vieja tapera que en la inmobiliaria de Punta del Este ofrecían tan barata, con tres hectáreas de terreno y junto a la chacra de un amigo de Carlitos, era para mí más que una operación, el inicio de una aventura lisa y llana. El vicio edificio, junto a un camino de tierra, rodeado de añosos árboles, había sido construido con piedra y ladrillo, dejándose un gran patio interior sobre el que tenían sus puertas la mayoría de las habitaciones. Se decía que allí había funcionado un almacén que luego se convirtió en un lugar de baile adonde concurrían muchos habitúes de los extramuros de la zona balnearia.
Lo lamentable era que yo, un viejo jubilado, con los hijos desperdigados por el mundo, iba a usar ese lugar para recordar el pasado, para renovar a mis padres enterrados en una historia también de campo, en donde el trabajo de sol a sol era la constante.
Por eso la decisión fue clara y terminante, sin los contrastes remolones de otras actitudes mías, en donde la costumbre o el miedo a lo desconocido me hacían ser mucho más lento en adoptar una posición.
Esa tarde corrí hacia la península, arreglé el pago con la inmobiliaria, firmamos el respectivo boleto y comencé a ser el propietario de la vieja tapera, en donde nunca imaginé que tendría compañía.
3)
“¿Cuántas veces hemos confundido la bravura con las ganas de morir? La histeria no es la historia. La muerte, que un par de veces me tomó y pie soltó, a menudo me llama todavía y yo la mando a la... (**)
4)
Entrar en la tapera fue toda una aventura en la que intervenía también el coraje. Empujé la puerta de la principal habitación y con la luz de una linterna batiré todos los rincones haciendo escapar a una serie de habitantes propios de las casas de campo largamente abandonadas. Sin embargo, algo raro observé en la puerta de enfrente, en un agujero que la misma tenía en su parte inferior, entre el listón de madera que la cruzaba y el piso. Era una forma difícil de definir, repugnante a primera instancia, pero lógica y adecuada.
El intruso era yo y aquella víbora, comía el sapo sin haberlo tragado todavía porque el pobre bicho era muy grande para la crucera, saliendo de la boca del ofidio, extrañamente hinchada, parte de su alimento, especialmente las patas, todavía se movían.
Mi primera impresión fue de repugnancia. La crucera no podía, por el sapo que tenía en su boca, escapar del cepo que le significaba el agujero de la puerta y pareció que sus ojos me miraban sin miedo, como comprendiendo que yo tenía mis derechos en el lugar y que el único camino que le quedaba era dejármelo libre.
Luego de una limpieza superficial que trate de hacer, barriendo las piezas y sacando las telas de araña, advertí que la víbora había desaparecido, por lo que, en un momento, pensé en las virtudes alimenticias del sapo.
Cansado, sudoroso, encendí un farol que había llevado conmigo para alumbrarme hasta lograr que conectaran la corriente eléctrica.
El círculo amarillento se extendió, bañando la habitación por los cuatro costados. Miré a mi alrededor y advertí que la crucera se había arrollado en un rincón, seguramente bien alimentada.
Era una compañía repugnante, tal vez, pero lo era al fin. Creo que Felipa, como la bauticé, también lo
entendió dándome la bienvenida a su reducto con esa quietud que me tranquilizó.
5)
Infinitamente, le di las gracias, sabiendo de verdad que no tenía con quién estar. Aquella noche, traté de rehacer el mundo, cada lugar que me habían dado, cada fábula. Dejé de recordar cuando hubo algo de luz en la ventana.
6)
Lentamente me desperecé, tenía una larga jornada: proyectar mi reducto en ese lugar de las sierras de Piriápolis. Lentamente salí del saco de dormir sin recordar a Felipa, la compañera nocturna, mi intrascendente compañera, que sin duda podía vivir en un mundo menos cruel que el de los humanos. Sin embargo, cuando di un paso, ella se hizo sentir con un leve crujido de su piel escamosa y un deslizarse lento.
Al agacharme y tratar de tornar una de las botas sentí la mordida en una mano.
Felipa me estaba haciendo lo que yo nunca pensaría hacerle: quería matarme, usando su terrible veneno, incrustando sus colmillos en mi carne.
Mi primera reacción fue lanzar lejos a la víbora, y luego, violento, con una pala que había traído para los trabajos, le corté la cabeza de un solo golpe.
7)
Caminando a los tropezones, encendí la lámpara del cuarto. En el reloj, eran las ocho y media de la noche. Abrí de par en par la puerta. La luna llena excitaba a los perros que ladraban a la distancia. No podía dormir, no por los ladridos, sino por esperar a la muerte.
Estar parado me mareaba. Me recosté sobre el saco de dormir, que parecía hervir. Soplaba una brisa caliente que dejaba caer a mis pies, hojas de los eucaliptos.
Aquel había sido un día importante para mí. En la vieja tapera estaba muriendo y nadie, absolutamente nadie, podría darme un certificado de resurrección.
Tal vez ahora viviría en otro mundo, tan pletórico de placeres, como el de los etruscos.
(*) Cuento de Carlos Santiago publicado en el libro “Contornos imprecisos y otros cuentos”, Libros del Astillero (1983)
(**) Textos de Eduardo Galeano




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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Amanda dijo
Muy buen cuento, muy buena factura literaria, respetuosa y con un formidable tema lleno de vinculaciones culturales con nuestra cultura. Tengo que felicitarte y pedirte que sigas publicando estas cosas que leerlas nos hace bien a todos. Un abrazo grande.
29 Julio 2008 | 12:33 PM