Lucha sin cuartel en contra de la inflación: El gobierno optó por la ortodoxia
Por Carlos Santiago (*)
La inflación es un problema compartido por todos en el país. Nadie en su sano juicio puede creer y aspirar que este impuesto generalizado a los ingresos sea positivo para algo, pese a lo qué más de un especulador cuando se produce el fenómeno alcista se frota las manos por las ganancias que puede obtener en plazos breves. El rango del 9.7% al que se arribó a fin de año, fue un aviso para todos quienes advierten el peligro del proceso que significa, claramente, un empobrecimiento permanente en que especialmente los sectores de ingresos fijos van perdiendo paulatinamente poder de compra. Achicando día a día su nivel de vida.
Ya la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), realizó un análisis, en los primeros meses del año pasado y en plena crisis global, estableciendo que muchos millones de personas en nuestro continente caerían por debajo de la línea de la pobreza como producto de la suba de precios. Ello ha obligado a los países de la región a aplicar todo tipo de soluciones, las que van desde la baja de aranceles a la importación hasta el control del gasto público, pasando por la suba de las tasas de interés o, en otros casos que no son Uruguay, por la reducción del IVA a los alimentos y combustibles
Nuestro Banco Central, tratando de recomponer los equilibrios dentro de una economía en que el crecimiento de las frutas y hortalizas es más que preocupante (por diversas razones), optó por aplicar en la última semana una receta ortodoxa de contención del proceso, aumentando en 2.25 puntos los intereses sobre los préstamos de la moneda nacional entre bancos. En el primer día de puesta en práctica del nuevo escenario, el dólar tuvo un importante aflojamiento en su cotización, dejando su anterior “firmeza” en un porcentaje de caída más que significativo.
El cambio de los equilibrios que plantea el Banco Central, de inmediato provocó reacciones. En primer lugar de autoridades de la Unión de Exportadores volvieron a su anterior prédica de la “peligrosa” pérdida de la competitividad. Paralelamente el senador frenteamplista, Alberto Couriel, en una columna publicada también esta semana por el diario LA REPUBLICA, planteó una posición discrepante con la medida del Banco Central.
Dijo: “La suba de la tasa de interés de referencia, pasó de 7,75% a 10% con el objetivo explícito de enfrentar la inflación. El uso de este instrumento es muy limitado. Puede influir sobre las expectativas y, probablemente, como ocurrió en septiembre de 2007, impulsar a la baja al tipo de cambio nominal”
“Nuevamente – agregó - el equipo económico, a contrapelo de lo que está ocurriendo en el mundo internacional, prioriza la estabilización con respecto al empleo, el crecimiento y la competitividad. Sobre todo cuando hay otros instrumentos más eficaces para enfrentar la inflación”
El juego de las expectativas
Veremos que nos ocurre. En más de una ocasión nos hemos preguntado: ¿qué nos pasaría a los uruguayos que vemos los logros o fracasos con una visión siempre triunfalista o catastrofista, si los índices que miden el crecimiento, la inversión, la desocupación y la salud comenzaran a deteriorarse como resultado indeseado de la aguda crisis del sistema?
Algunas respuestas tenemos sobre el punto pero no todas. Advertimos, por ejemplo, que esa situación puede influir decisivamente en las decisiones que adopte la gente el mes de octubre, cuando se realicen las elecciones nacionales.
Pero, más allá de ese razonamiento fácil, comprendemos que es un tema para analizar en profundidad sin resquemores ni superficialidades que enturbien de mala manera el análisis y lo distorsionen. Porque un país pequeño como Uruguay, con algunos problemas estructurales endémicos, y a merced de un mundo convulsionando, donde se produjo una brutal distorsión de la moneda norteamericana y una especulación desenfrenada con el precio de los alimentos, está sufriendo las etapas negativas que se presentan por esa vulnerabilidad indiscutible, casi natural, más allá de las adecuadas políticas y las mejores intenciones. ¡Ello es innegable!
Y a esa situación, además, debemos sumar un hecho puntual: la tremenda sequía que está afectando – en evidencia – a varios productos de primera necesidad siendo, junto con la especulación, uno de los factores del crecimiento en flecha ascendente de los precios de frutas y hortalizas. No queremos profundizar el tema de la suba, al parecer desmedida, de los precios de la carne, que parecen demostrar un funcionamiento distorsionado del mercado. Sin embargo hay dos visiones sobre el tema que todavía no se han dilucidado.
Una consolidación ¿aparente?
Según las autoridades de nuestro Banco Central, a nivel internacional, se han superado algunos elementos de la crisis. Por supuesto que esa visión no es compartida por todos los analistas y mucho menos por las autoridades de los organismos internacionales que tienen una opinión más sombría sobre el devenir del mayor descalabro de las últimas décadas del sistema capitalista.
Pero, para dejar de irnos por las ramas, pasemos a lo que queremos expresar en estas líneas. Es un hecho que el precio de los productos agrícolas subió en su momento, internacionalmente, como producto de varios factores y, con ello, la comida. Y actualmente, como consecuencia de los coletazos de la crisis, esos precios comenzaron a derrumbarse con lo que significa como afectación para nuestro comercio exterior y para nuestra vinculada producción.
La versión preferida de los analistas económicos atribuye el fenómeno al aumento del precio al consumo de cereales para producir etanol y a/o que chinos e indios comen más y mejor. Como ambos hechos han sucedido gradualmente, la explicación no es adecuada para un alza súbita ni para su actual descenso.
Más parece desinformación que oculta otras especulaciones. Podemos señalar - y pocos analistas lo hacen - que el súbito aumento y ahora la caída del precio del petróleo y de los llamados commodities, coincidió con el súbito colapso del dólar, moneda en que esos productos se cotizan internacionalmente. En un año el precio global de alimentos subió promedialmente 40% en dólares, el dólar cayó un 28% ante el euro y un 130% con respecto al oro (+$900/onza). ¿Hay una relación allí? ¡Por supuesto que la hay!
Claro, cuando, Danilo Astori, sostuvo que Uruguay mantenía su competitividad y que el dólar era idóneo para ello, moneda fundamental para un país en que casi todo su comercio se realiza en billetes verdes, de alguna manera se estaba refiriendo de manera directa a ese proceso de oscilación de la moneda norteamericana que además de hacer menos onerosa (en pesos) nuestra deuda externa, en los bolsillos de los exportadores, gracias a la suba de los alimentos, determinaba una contrapartida positiva que se mantuvo durante un tiempo, situación que ahora – coincidentemente luego de la asunción de, Avaro García,– se modificó hasta la vuelta de tuerca dada esta semana por el Banco Central, restableciendo de un plumazo el equilibrio anterior.
Claro, si nos atenemos a lo que dicen los capitostes del FMI, la “crisis es global” se ha desencadenado, llegando casi a su vórtice y comenzó a afectar a unos y otros de manera indefectible. En Uruguay, aunque alguno de nuestros gobernantes repita lo mismo que los presidentes anteriores, de “que estamos preparados para enfrentarla”, han comenzado a desencadenarse convulsiones.
El manejo de los precios
Otro factor a tener en cuenta es el que nunca debimos olvidar y que estos años de crecimiento no han podido borrar de los análisis: es la desigual participación de algunos factores clave en la construcción del precio final que paga el consumidor.
Un estudio de un organismo internacional muestra el poder de las transnacionales para reducir las oportunidades a los pequeños productores en los países en desarrollo: “Entre 2004 y 2006 – dice el informe - el gasto global de alimentos creció un 16 %: de U$S 5.5 millardos a 6.4. En el mismo período las ventas de los insumos agrícolas creció 8%, la de procesadores de alimentos un 13% y las de los principales distribuidores finales crecieron un exorbitante 40%.”
Por supuesto que en estas afirmaciones no hay nada que no supiéramos y que manejáramos por muchos años, cuando la lucha política era más confrontativa, y se profundizaba de otra manera la incidencia del poder económico internacional, de los grandes negocios de los países industrializados que siempre juegan contra los intereses de los pueblos productores de materias primas que no han sabido o podido, por décadas, tener industrias verticales, transformadoras de su propia riqueza, que sirvan para aumentar y sostener el trabajo (mano de obra) y, por supuesto, el bienestar de su gente de manera permanente, más allá de las contingencias puntuales.
Lo de la industria textil, para manejar un ejemplo, es de una gravedad que quizás no se aquilate en toda su magnitud, porque es un tipo de empresa que podría explotar directamente la materia prima nacional de manera vertical, transformándola, siempre y cuanto existieran mecanismos que la hicieran competitiva, tanto en lo interno como en lo externo, quizás imponiéndose en los mercados del mundo por la calidad de los productos, sin olvidarnos que hoy la industria china produce a una escala que abarata sus costos de forma insólita.
Ahora el combate del gobierno se centra, al igual que en otros países de la región, en contener el flagelo inflacionario a raya, el que ha sido fogoneado, sin ninguna duda, por la crisis del dólar a lo que se suma la necesidad de los exportadores de “hacer diferencias” para evitar entrar en una espiral que los llevaría, por carencia de competitividad, a la parálisis.
Los caminos que emprendió el Ministerio de Economía anteriormente tienen dos aspectos: la utilización de subsidios a algunos alimentos de la canasta básica, incluso quitándoles el IVA a algunas importaciones, sosteniendo baja la cotización del billete verde, esperando que su inestabilidad comience a revertirse, con compras masivas por parte del Banco Central.
El mecanismo funcionó de manera incierta, no evitando ni la inflación ni la escapada del dólar, pues el flagelo alcista siguió presente. Por suerte parece que se han aventado algunas tesis de analistas con visiones estrechas e interesados en las “pequeñas ganancias”, que siguieron afirmando que la demanda interna es uno de los ingredientes del proceso de suba de los precios. Y ello por una razón elemental, porque “el objetivo de la sociedad debe ser el progreso de la gente, no el progreso de las cosas” En este punto la medida de suba se tasas de interés remacha este proceso.
Sin embargo, es claro, que se quieren establecer los equilibrios, porque el objetivo de este gobierno frenteamplista es la distribución de la riqueza y, no en mantener un “statu quo” rígido, lo que a esta altura, sería incalificable.
(*) Periodista.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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