Flor nueva de problemas viejos
Periodistas en vías de extinción
Por Carlos Santiago (*)
"La gente se pregunta a menudo sobre el papel que desempeñan los periodistas. No obstante, los periodistas están en vías de extinción. El sistema ya no quiere más periodistas. En este momento, puede funcionar sin ellos o, digamos, con periodistas reducidos a meros obreros de una cadena de montaje, como Charlot en la película "Tiempos Modernos", es decir, meros trabajadores que hacen retoques en los partes de los funcionarios".
Ignacio Ramonet (1)
La frase que antecede no provoca mayor optimismo a quienes, como quien escribe estas líneas, dedicaron su vida a una profesión-pasión, más que difícil, con sinsabores que, también, implican una forma de vida, abriendo las vías a un muy escaso halago social, pero también a la persecución (de la que podemos dar fe) y a la agresión que se expresa de muchas maneras.
Una profesión que se ha definido como la más peligrosa, en la que también hay actores circunstanciales que actúan en la misma y muchas veces se mantienen en sus cargos por su condición de ser simples "mensajeros del zar", función que nada tiene que ver con el periodismo en donde pululamos "jerarquizados protagonistas" de una sociedad que nos valora, no por nosotros mismos, sino por el instrumento que tenemos circunstancialmente en nuestras manos.
Cuando ocurren en nuestro país cosas inadmisibles para una sociedad pretendidamente madura, como la remoción de programas por el hecho de haber "tocado" a personajes con poder, es bueno hacer una pausa y reflexionar sobre esos elementos que están entrelazados y que conforman, valorizan o destruyen aspectos inalienables de una profesión que solo tiene sentido en el marco de la democracia y la libertad, valores que todos debemos defender pues, de lo contrario, no podrían existir como tales.
Ser periodista no es ser amanuense del poder, y menos aún debe convertirse en un "tirador de centros" para que "personajes" se luzcan sobrellevando las entrevistas sin alternativas que no les sean positivas. Tampoco es ser un crítico implacable, que haga temer por sus palabras. Ello es bien claro, pues en definitiva, la información nada tiene que ver con la propaganda, ni con la agresión y menos con la genuflexión. El periodismo de investigación y sus resultados, por más que sean negativos, son una necesidad para la sociedad que avanza o retrocede en sus valores y, para que ello sea posible, requiere de normas claras que vayan en defensa de los actores que no deben estar expuestos a las lamentables claudicaciones de empresas que usufructúan ondas del Estado, las que enfrentadas al conflicto cortan siempre por el lado más débil, el del periodista.
Y menos aún de organismos públicos, plagados de jerarcas temerosos, que en lugar de abrirse a las necesidades informativas de la sociedad, prefieren una melindrosa actitud, negándose a las consultas, intentando preservar una intimidad institucional que nada tiene que ver con la función pública y menos aun con su condición de integrantes de un gobierno elegido sobre la base de mecanismos democráticos. Hace pocas horas un director de Tránsito se negó a informar sobre detalles de la recaudación de las multas que aplican los inspectores y el destino del dinero que se recauda. Y este no es un ejemplo aislado.
Es una actitud que, como copia lamentable, se repite en otros sectores de la sociedad, que han comenzado a excluir a la prensa de actos, sin siquiera advertir que la falta de información que esa actitud determina, los malogra. Algunos jueces comienzan las audiencias públicas preguntando si no hay periodistas presentes. Muchos errores informativos que se cometen son el resultado de esa posición restrictiva de los que prefieren el silencio a la aclaración, rehuyendo siempre la confrontación de ideas cuando no, en un plano más reducido, de informaciones.
Los espacios cambiantes
Una profesión, la de periodista, que además de tener que ir adaptándose a las condiciones cambiantes del mundo, que si bien avanza en lo que ha dado llamarse las "nuevas tecnologías", no ha logrado cambiarla en su esencia de informar a quienes tienen el derecho de conocer lo que verdaderamente ocurre. Sin embargo, las puertas se fueron paulatinamente cerrando y los comunicadores estamos siendo presionados para convertirnos en meros trasmisores de hechos sin interpretar.
Ramonet define la profesión de periodista afirmando: "Teóricamente, hasta ahora, se podía explicar el periodismo de la siguiente manera. El periodismo tenía una organización triangular: el acontecimiento, el intermediario y el ciudadano. El acontecimiento era transmitido por el intermediario, es decir, el periodista que lo filtraba, lo analizaba, lo contextualizaba y lo hacía repercutir sobre el ciudadano. Ésa era la relación que todos conocíamos. Ahora este triángulo se ha transformado en un eje. Está el acontecimiento y, a continuación, el ciudadano. A medio camino ya no existe un espejo, sino simplemente un cristal transparente. A través de la cámara de televisión, la cámara fotográfica o el reportaje, la mayoría de los medios de comunicación (prensa, radio, televisión) intentan poner directamente en contacto al ciudadano con el acontecimiento".
¿Entonces? ¿Cuál es hoy el sentido de la profesión de periodista ante la definición, casi apocalíptica, del director de Le Monde Diplomatique?
Nosotros apuntamos a consolidar elementos sin los cuales la profesión no tendría sentido, que son las libertades democráticas, todo eso bañado con un fuerte contenido humanista. Y esto dicho de manera responsable. Vivimos en un sistema de producción superabundante de informaciones. Lo podemos observar en los medios a nuestro alcance: los escritos, los radiales que tienen la singularidad de su profundidad y extensión que atrapa en cualquier lugar al escucha, la televisión, que, con el fenómeno del "cable" y los satélites, reproduce en tiempo real hechos que se producen en cualquier lugar del planeta, y el avance que arrollador de la prensa electrónica, mecanismo novedoso y con un crecimiento vertiginoso y exponencial.
¿Qué significa esto en la práctica? Durante mucho tiempo, la información era muy escasa o incluso inexistente y el control de la información permitía dos cosas. En primer lugar, cuando era escasa era una información cara, y dar lugar a verdaderas fortunas. Por otro lado, una información escasa proporcionaba poder a quienes la poseían. En un sistema en el que la información es superabundante, resulta evidente que estas dos consideraciones sobre los beneficios de la información no actúan de la misma manera.
¿Que relación, entonces, se establece entre libertad e información, cuando ésta es superabundante? Ramonet entiende que si un sujeto dispone de información cero, entonces su nivel de libertad es también cero; y su nivel de libertad sólo aumenta a medida que crece su información. Si tiene más información, tiene más libertad. Cada vez que se añade información, se gana en libertad. En nuestras sociedades democráticas, se tiene la idea de que necesitamos más información para poder tener más libertad y más democracia. ¿No habremos alcanzado ya un grado de información suficiente? ¿No estaremos estancados? Es decir, no por añadir información, aumenta la libertad.
Sin embargo, en nuestra pequeña comarca esa polémica es de actualidad dudosa. Aquí todavía la información tiene restricciones de todo tipo, que se han ido acentuando con el paso del tiempo por el crecimiento de prácticas del modelo que se aplicaron y aplican en muchos ámbitos de la administración, tendientes al encubrimiento, por ejemplo, de la procedencia de flujos de capitales, a los nombramientos del personal llamado de "particular confianza", a reuniones políticas que se realizan bajo las siete llaves del secreto en que los periodistas se deben apretujar en los pasillos para lograr algún "dato" para armar una crónica, generalmente renga. En esto colocábamos también al proclamado "secreto bancario" en general, como otra fuerte restricción a la información que estableció la legislación que enmarca al sistema financiero, con el fin de encubrir el origen de capitales y su procedencia presumiblemente dudosa. Sin embargo todos los depositantes deben tener el derecho de mantener la reserva sobre sus bienes, condición básica para que el sistema financiero actúe con cierta fluidez. Sin embargo hay que tener en claro que en el
Uruguay, hoy por hoy, es prácticamente imposible establecer el enriquecimiento ilícito de un funcionario o de un gobernante, pues con el simple mecanismo de depositar el dinero en un banco, tiene la impunidad dada por el secreto bancario.
Hoy el mundo ha cambiado y la índole de "paraíso fiscal" que se intentó primigeniemente cuando se resolvieron los alcances de esta figura, hoy no es bien vista en el mundo. No se ve la necesidad de un secreto de esas características para quienes lícitamente buscan mejores condiciones para su dinero. Por lo demás las medidas adoptadas por el Banco Central sobre el análisis de la procedencia de activos desalentaron operaciones de poca claridad y cualquier juez puede decidir la apertura de las cuentas para establecer el monto y la progresión de los depósitos.
Hoy las cosas están claras, se han puesto las normas en su lugar, existen mecanismos de consulta e información y se puede decir que el "secreto bancario" es una rémora del pasado.
Supervivencia de la burocracia
También en el ámbito público existieron y existen restricciones a la información. La burocracia estatal demostró como, por razones culturales y de supervivencia, mantuvo un secreto pesado, amorfo y casi siempre infranqueable sobre documentos que contienen información que debiera circular sin cortapisas. Secreto, por supuesto, que también permite distorsionar la vida de la comunidad y encubrir en casos de corrupción y delito.
Esa distorsión contra la cual fue muy difícil luchar hasta que comenzó a establecerse un mecanismo idóneo de "habeas data", que le otorgó a los ciudadanos el derecho de conocer lo que contienen documentos de distinta índole - para utilizar un ejemplo extremo pero vigente - que fueron atesorados y utilizados hasta hace poco para una enormidad de trámites burocráticos, algunos de corte antidemocrático.
La libertad y la información
Uruguay es un país con características propias. Mantiene restricciones que niegan el sentido mismo de la libertad a la información, pero a la vez - con el avance de los medios electrónicos - al integrarse al fenómeno de Internet, tiene superabundancia de información. ¿Aumenta ello la libertad del individuo? Es una interrogante con respuestas dudosas, ya que con esa superabundancia nos encontramos en una época en la que aumenta la confusión.
Con el advenimiento de la televisión por cable, o en sus versiones más actualizadas, por satélite, el flujo informativo es de tal característica, que ya es prácticamente imposible evitar el influjo cultural de otras sociedades sobre la nuestra. Formas de vivir, mecanismos para la imitación social, paradigmas a los que acercarse o desechar. Todos elementos esenciales para la existencia, que en el camino globalizador de las nuevas tecnologías, se han ido trastocando, con aspectos positivos pero con otros negativos. Pero, ¿quién tiene el derecho de cerrar los grifos de ese mundo a nuestra sociedad? ¿Es posible clausurar el país, blindándolo en una cultura y forma de vivir que lo aleje de la globalización?
Parecería que en el marco de la libertad la respuesta está clara.
(1) Director de Le Monde Diplomatique.
(*) Periodista.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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