Emergencia social: un Estado ausente y una sociedad deteriorada

Por Carlos Santiago (*)
Se podría integrar un panel con los partidarios del modelo, esos técnicos, peritos en sociología, con discursos académicos, despreciativos pero paternalistas hacia todo aquel que no piensa como ellos.
Partiendo de la nada hemos
alcanzado las más
altas cotas de miseria
Groucho Marx
alcanzado las más
altas cotas de miseria
Groucho Marx
Del otro lado pondríamos a gente de la calle, vecinas de los barrios más humildes, comerciantes minoristas, guardias de seguridad, cajeras de supermercados, etc. (trabajadores en general), las víctimas directas de la ola de violencia que tiene lugar en el país. Como público, en un imaginario semicírculo, un grupo de botijas que ni trabajan ni estudian, que viven en ranchos de lata y cartón en las zonas marginales.
¿Se imagina el lector a los técnicos especializados pontificando luego sobre la sabiduría que surge de sus títulos académicos contrapuesta a la intranquilidad de los demás, ansiosos de soluciones para vidas que peligran envueltas en la violencia, en un marco de carencias y miseria sosteniendo, además, que los pedidos de ayuda al Estado nacional para que se restablezca el orden resquebrajado por la creciente violencia de la delincuencia, es producto de una visión ganada por el discurso de la derecha?
La conclusión razonable luego de las exposiciones de los pontífices de la sociología, sería la que se está viviendo, la de seguir esperando que alguien decida aprobar la creación del instituto que contenga a los menores delincuentes para que estos dejen de escaparse de las dependencias del INAU, evitando así que su ¿instinto? asesino deje de cebarse en la carne de trabajadores, como el guardia de seguridad que muriera tratando de impedir el paso de Ricky, un menor que fugado del INAU, el que intentaba ingresar a un banco armado, etc. La actitud preponderante es encubrir en palabras y larguezas las decisiones que, al no tomarse, significan vidas, más violencia y mayor inseguridad.
E incluso justificar lo injustificable. Al parecer el Ricky, luego de decenas de delitos, rapiñas violentas y por lo menos dos asesinatos, justifico la muerte del guardia de seguridad bancario, afirmando que o lo mataba a él o él me mataba a mi . Claro olvida que el asalto al banco fue protagonizado por él y otro menor y qué, además, con sus antecedentes pese a la dantesca situación de la Colonia Berro ese organismo nunca lo ha podido contener y, menos aún, modificar aspectos de su conducta que le permitan un adecuado reintegro a la sociedad. También olvidó que el guardia, hoy llorado por su familia, era quién defendía la Ley y él el que la violentaba. Claro, pero los peritos en sociología, técnicos del statu quo, siguen en la misma. Dejan que pase el tiempo y que estos menores sigan avanzando a la mayoría de edad, con antecedentes escritos o no, lo que muestra un destino bastante inexorable resultado de su firma de vida: la cárcel o la muerte violenta.
¿Y quien es la principal afectada por toda esta situación? Sin duda, la sociedad. Una situación más dramática para, nada menos, que los niños en situación de calle que constituyen una de las zonas más vulnerables de los dramas de la pobreza. Niños para los cuales delinquir y ser atrapados e internados en lugares, como la Colonia Berro, es una solución socialmente plausible para su dramática existencia.
El evidente que no saben nada de sociología y menos de economía, pero si de sus efectos, que sufren sobre su piel, en sus estómagos, en su visión de la sociedad a la que consideran enemiga y, por consiguiente, la agreden a diario y, fundamentalmente en sus expectativas de existencia. Muchos de ellos se ríen, califican de alcahuetes a los que han optado por trabajar o estudiar. Hay miles que han incorporado una visión inmediatista y prefieren la soledad de la esquina que el calor del aula. Son niños que viven ese día, que buscan comida en ocasiones en los depósitos de basura o tratan apropiarse de lo ajeno para que reducidores les den cuatro pesos por algo que, además del riesgo, vale cuatro mil. Niños que ven a los demás, a quienes no están dentro de los miles de marginados, encerrados cada día tras rejas más altas para evitar un contacto con ellos mismos.
La sociedad uruguaya, que compite en deformidades con otras del continente que han vivido también la crisis del modelo de acumulación capitalista, ese que siempre, en lo grueso, privatiza las ganancias y socializa las pérdidas. Qué sufrió en el 2002 un desplome generalizado, multiplicando la marginalidad de sectores de población que parecen soldados a una situación espantosa. La que, obviamente, no puede ser revertida de un día para otros y menos con las timideces de la ayuda social que por ahora otorga una contribución menor a algunos miles de personas. Pero además con una evidente defección del Estado en todo lo que signifique el mantenimiento de los basamentos de convivencia. La carencia de soluciones para la creciente inseguridad así lo muestra y la lastimosa polémica que se plantea, politizando los casi desesperados planteos de la gente por medidas de contención de la delincuencia, parece indicar una inmadurez política que, de alguna manera, que también se manifestó en el lamentable proceso de posible anulación de la ley de caducidad.
Por supuesto que sabemos que la velocidad de destrucción es infinitamente más rápida que la de reconstrucción, sobre todo en los procesos económicos. Esfuerzo que ojala guardando en un bolsillo nuestro ya histórico escepticismo- determine que no sigamos, a contrapartida de ese esfuerzo, pagando con la deformidad económica, la consolidación de la situación de los marginados.
Pero hay otro hecho: la niñez no tiene esos tiempos, no puede esperar. Cuando los efectos de la marginalidad comienzan a sentirse, son miles los botijas que pierden su educación, en un proceso de desculturización fenomenal en su incidencia sobre la sociedad en su conjunto, soportando además las secuelas físicas y psicológicas de la miseria.
Todo un proceso dramático que es balconeado por muchos que se conmueven por las imágenes de los botijas desnutridos, pero que cuando se refiere a la problemática de la inseguridad inmediatamente los instala en el campo del enemigo y los margina, más, mucho más sin establecer políticas de contención e integración.
Porque la impunidad a que se desliza el planteo de algunos magnánimos sociólogos no le sirve a los uruguayos, porque no combate la inseguridad. Pero tampoco le sirve a los menores que delinquen, porque la benignidad solo realimenta la sensación de impunidad y multiplica la posición defensiva del resto de la sociedad que, por supuesto, cada vez está más decidida a no dejar llevarse por delante.
(*) Periodista.




"Microbiología: básica, ambiental y agrícola", de la doctora Lillian Frioni, profesora de Microbiología de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, de Montevideo, responsable de la Unidad Asociada Ecología Microbiana de la Facultad de Ciencias, de la misma Universidad, e investigadora del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (PEDECIBA).
Fue profesora titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Rosario (Argentina) y de la Universidad Nacional de Rìo Cuarto (Argentina).
Este último libro de Frioni tiene fecha de ediciòn de mayo del 2006 y fue publicado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Agronomìa.(464 páginas)
Email de contacto: (lfrioni@fagro.edu.uy) o/y (aeapublicaciones@fagro.edu.uy)
Facultad de Agronomía (Avenida Garzón 780, Montevideo, URUGUAY)


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