Sobre la preocupación del ministro Bonomi
Por Carlos Santiago (*)
“Vio lo que nunca había visto,
la sangre en los arenales”
Jorge Luis Borges
Los tiempos políticos se acortan junto con la letra de las normas constitucionales. Pero, ¿eso importa en este mar de violencia en que la sociedad uruguaya sigue deteriorándose sin que quienes tienen en sus manos las posibilidades de darle un vuelco a la situación hagan algo? Cuando se mencionan los hechos que ocurren a diario y hunden más a los uruguayos en un proceso de dudas e incertidumbre, cuando se producen “copamientos” de colegios salesianos, como el de La Floresta, en que generaciones de uruguayos se han formado y vacacionado, inclusive nuestro primer presidente popular el doctor Tabaré Vázquez. Cuando en la puerta misma del sanatorio Británico una médica, que esperaba a una persona en su automóvil, fue abordada por tres delincuentes en otro asalto “exprés”, que por disposiciones del Ministerio del Interior, ahora se silencia.
Y esto es lo reciente, lo que no ha trascendido por esa nueva disposición inentendible de las autoridades que, tratan – suponemos – de mostrar una realidad que es muy distinta a la que vivimos diariamente los uruguayos que, los que tenemos posibilidades, reforzamos las alarmas, multiplicamos los mecanismos de seguridad contratando a guardias privados que nos dan apoyo cuando llegamos con el vehículo a nuestras viviendas. Pero, ¿qué ocurre en La Teja, El Paso Molino, Cerro, etc., donde los niveles socioeconómicos son distintos y quienes allí habitan no tienen recursos para defenderse de la delincuencia? Lo obvio, los barrios obreros, los más pobres, claro, son los más afectados por quienes, abandonando códigos de vida y quizás influenciados por las necesidades fisiológicas que provoca la temprana adicción a drogas, como la maldita pasta base, han hecho de la trasgresión del delito su medio de vida y ello más allá de las advertencias del presidente Mujica que les indicó que para ellos solo habrá cárcel o muerte temprana.
El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, sostiene que el aumento del delito – aunque, debemos decir que, continuamente el Ministerio del Interior trata de minimizar el fenómeno, sosteniendo que vivimos “en el mejor país del mundo” - se debe a un hecho cultural, a una modificación profunda de costumbres y códigos que configuran el basamento de la sociedad y qué, obviamente, llevan a las contradictorias convulsiones de hoy que se expresan en algunas cifras que son sorprendentes, porque en este país “del pleno empleo”, asombra el número de los jóvenes que viven vagabundeando su aburrimiento, los conocidos NINI, a lo que se debe sumar otros elementos que van al centro mismo de la gestión del Estado. Vivimos en un país que hace ocho años que crece a tasas “chinas”, sin embargo el perímetro de las zonas más agudas de miseria, los llamados “cantegriles” no se han reducido. Ese ámbito lamentable de deterioro humano sigue presente en los alrededores de Montevideo y estampado el islote en varios lugares del interior del país.
Es un medioambiente insólito, que violenta todos los derechos humanos y del que surgen, obviamente, la mayoría de quienes en las tardecitas se desparraman por la ciudad para agredir a los que trabajan. Tiene que existir una negociación para ofrecer a los habitantes de estos “barrios” alternativas para prosperar, trabajar, tener atención de salud, contar con sus propias tierras y ayudarlos en serio a que eso ocurra. Los sectores que no apoyen esto tendrán que ser convencidos a través de resoluciones más fuertes; es decir, si no quieren moverse, deberán tomarse medidas de fuerza, que no consisten en atacarlos sino cortarles los suministros de luz y agua, por ejemplo (1). Tratar de “apretarlos” de alguna forma para que acaten la racional y correcta alternativa porque se usan esos “barrios” como aguantaderos donde se negocia la droga en bocas de pasta base, la prostitución, donde hay una serie de actividades ilegales que son más fáciles en un ambiente de “gueto” que en una población abierta y aireada.
Bonomi habla de un decaimiento o cambio cultural, sin embargo su discurso es poco claro, porque, es justo que nos preguntemos, ¿qué es la cultura en la convivencia diaria? El no afina sus conceptos ni profundiza sobre qué hacer para cambiar una situación que, claramente, empeora día a día. Los uruguayos, con algo de razón, tenemos una percepción de que no somos dignos del país que tenemos. Porque lo estamos destrozando, lo hemos hecho declinar cuando se probó durante muchos años –desde la generación del “45” en adelante– que podía convertirse en una pequeña vanguardia intelectual de América Latina y estar entre los principales países del mundo en materia educativa, científica y productiva. Pero comenzó a decaer y lo viene haciendo de manera continua, más allá del crecimiento y de la “joya” que es Punta del Este– pero parte del resto es hoy decadencia, con muy contadas y señalables excepciones. Por eso Bonomi habla de decaimiento cultural, sin ir nunca al meollo de la cuestión y sin especificar cuales son las tareas propias del Ministerio del Interior para volver a lo anterior, sin decir como actuar para solucionar la grave anomalía en qué no solo se están perdiendo, en buena medida, las normas de convivencia, sino cosas tan elementales como la utilización del idioma, la capacidad de los jóvenes para emprender tareas complejas, hecho que se señala como significativo en el desarrollo industrial, etc
Hay sociedades donde existe esta división pero no está marcada por el odio. En la India hay gente muy rica y también muy pobre, y sin embargo no ocurre lo que está pasando aquí. La rivalidad de clases, que en Uruguay es un fenómeno mitigado por el estatismo batllista, no es la razón por la cual hay odio: tampoco es ideológico porque la delincuencia no tiene reparos en atacar a un trabajador ni balear a mansalva, con bestialidad asesina, a un hombre bueno y humilde, como César Casavieja. Lo que existe, en nuestra opinión es el descaecimiento de las normas legales, inadecuadas para el momento en que vivimos, falencias sobre las que se montan los delincuentes para cometer sus fechorías. Qué un asesino, que lanza un “coctel molotov” dentro de la habitación donde duerme una familia, provocando la muerte de una madre y su hija, y otros dos menores heridos, haya sido “penado” con tres meses de internación en el INAU, es una enormidad de tal magnitud que debiera servir como ejemplo lacerando a fuego a todos los parlamentarios que han tratado de hacer cada vez más benigno el código de la Niñez y la Adolescencia, engendro cultural de lo que hoy está ocurriendo. Legisladores qué, con su actitud sectaria (o demagógica), son en parte responsables de la actual ola de violencia. ¿Alguien puede sostener que en ese lapso de tiempo se puede tratar a un adolescente de manera adecuada para reintegrarlo a la sociedad?
En los países donde la ley funciona de una manera permanente y eficaz se generan hábitos en la población que llevan a comportarse de una determinada manera. Es como aprender a comer correctamente: uno no debe pensar cómo hacerlo porque ya está acostumbrado a eso. Una sociedad que está habituada al asalto, al robo y a la inseguridad se convierte en algo que no necesita mayor reflexión. Es necesario establecer el hábito de que no se puede violar la ley. Hay países donde la inseguridad es menos intensa que en otros. Aquí la lucha policial inteligente y constante en contra la delincuencia no existe, porque se considera que es reprimir. Y se usa mal la palabra represión porque una cosa es la de la dictadura, que es arbitraria e ilegítima, y otra es hacer respetar las normas para que todos seamos libres y mantengamos la preservación de nuestros derechos.
Entonces queda claro que la cultura cambiante de que habla Bonomi, está principalmente en el cumplimiento de la Ley, lo que en Nueva York se llamó “tolerancia cero”, donde se ajustó la legislación a la situación de violencia existente, se puso al día el “código de faltas” y la Policía comenzó a actuar haciendo resplandecer una sociedad por la que no se podía caminar luego de la caída del sol.
Fíjese la diferencia evolutiva entre Chile y Argentina; Argentina terminó antes que Chile con la dictadura, sin embargo en el país trasandino se respeta más la ley y la seguridad es más grande. En Argentina se la vive violando. Y es un dato sobre el cual Uruguay debe reflexionar, no hay que copiar lo peor.
Sin embargo a los uruguayos para poner en forma a un país que se desmadra nos falta mucho, especialmente acuerdos entre el grupo más enfrentado: el político.
(*) Periodista.
(1) Escritor Marcos Aguinis en reportaje de Carla Rizzoto. (Nota aparecida en Bitácora on line del 6 de febrero)
servido por Carlos
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